El sueño oriental de Occidente

alexandre de riques

 

Tras ese modernismo de veraneo y aguas termales que presentamos en la última entrada, hoy viajamos de nuevo al siglo XIX pero de un modo distinto… A través de un pensamiento artístico y estético que nos ha dejado un importante legado en nuestra ciudad, ya sea a nivel arquitectónico como mediante objetos de coleccionismo, y que, en cierta manera, aún continúa vigente en determinados ambientes actuales.

Se trata del Japonismo, esa fascinación por el arte japonés que, especialmente a partir de la apertura de Japón al mundo con la Restauración Meiji y los llamados Cinco Tratados de Amistad y Comercio, firmados con Estados Unidos, Rusia, Francia, Países Bajos y Reino Unido, tras su clausura en 1639 por miedo a ser conquistados por Europa (a excepción de Holanda y China, con los cuales los contactos continuaron), impregnó Occidente.

Una manera de unir los ideales del Romanticismo con ese exotismo que provocaba el orientalismo y la necesidad de reafirmar la propia identidad occidental a partir de ese otro oriental que, gracias a la comentada apertura, se descubría. De este modo, a partir de esta necesidad de ideales de vida y experiencias extraordinarias, así como también, especialmente, de los relatos de los viajeros y colonos del momento, se creó un refugio de sueños, un viaje simbólico e imaginario en Occidente plasmando todo ello en la cultura de Oriente.

No todos los artistas viajaron a Japón. Sin embargo, sí fueron los justos para que aquellos que no lo hicieron pudieran crear un ideal bajo el cual, especialmente en la burguesía del momento, siempre imitadora de los modelos franceses para ganarse su lugar, se afianzaba un signo de modernidad y contemporaneidad necesario también para mostrar su poder y saber estar en sociedad.

Así, a partir de personajes como Félix Régamey (ilustrador francés), Christopher Dresser (diseñador inglés), Georges Ferdinand Bigot (ilustrador francés), John La Farge (pintor norteamericano), el grupo de pintores de los Glasgow Boys, Emil Orlik (grabador checo) u Oleguer Junyent (escenógrafo catalán), entre otros, se desarrolló toda una estética e ideología que provocó que muchos otros, como podrían ser Édouard Manet (interesante por sus figuras planas y recortadas, una clara influencia japonesa), Édgar Degas (sus composiciones también tienen una clara reminiscencia japonesa), Claude Monet (sus lirios de agua o sus paisajes podrían pasar por ukiyo-e) o Pierre Bonnard (sus imágenes femeninas recuerdan las de las estampas japonesas), desarrollasen su propio arte japonista y, a partir de él, el movimiento como tal creciese y se convirtiese en todo un importante fenómeno de la sociedad contemporánea del momento.

 

Gracias a estos contactos que se iniciaban con Japón, tanto el arte como la manera de hacer de las clases acomodadas europeas cambiaba, impregnándose de elementos que, aún ahora, se encuentran reflejados en nuestro día a día, especialmente teniendo en cuenta que movimientos como el Modernismo los desarrollarían más intensamente.

“Lo món del color i la fantasia”

Así es cómo Jacint Verdaguer describía este nuevo mundo que se abría ante ellos y su sociedad contemporánea y que se convertía en una fuente de inspiración tan importante para artistas e intelectuales.

 

Por otro lado, destacar también la importancia que la importación de estos elementos tuvo en Europa, encontrando un sinfín de colecciones privadas de arte japonés, actualmente muchas de ellas asimiladas por museos de Artes Decorativas de nuestro continente. Un buen ejemplo de ello en Barcelona sería el Museu del Disseny o el de les Cultures del Món, ambos con un importante legado oriental en sus exposiciones.

 

Ricard Bru

El Japonismo se convirtió en un fenómeno realmente importante a finales del siglo XIX y Ricard Bru, historiador del arte especializado en Japonismo, nos lo ha contado en más de una ocasión. De hecho, se trata del comisario de la exposición sobre este mismo tema, la primera que se ha llevado a cabo en España, realizada hace unos años en el Caixa Fòrum.

Se convierte, pues, en nombre de referencia en este ámbito, alguien de quien he aprendido mucho en distintas ocasiones y conferencias a las cuales he tenido ocasión de asistir, motivo por el cual, si os apetece indagar un poco más sobre el Japonismo y sus vínculos con Catalunya y Barcelona, os recomiendo un visita a su blog.

 

Hecha esta pequeña introducción…

¿Cuáles son los antecedentes del Japonismo?

No es la primera vez que se han dado estos contactos entre Japón y Europa, de hecho, este fenómeno de lo exótico no sólo se había dado con el Extremo Oriente sino que ya tenía ciertos antecedentes con el mundo musulmán y árabe del norte de África o el turco del antiguo Imperio Otomano. Prueba de ello podrían ser las obras de artistas como Ingres o Fortuny con sus famosas odaliscas y baños turcos.

 

Si vamos un poco más atrás, sin embargo, encontramos un fenómeno aún más adecuado a la hora de categorizarlo como antecedente del Japonismo. No obstante, cabe destacar que este contacto entre Occidente y Japón tendría unas consecuencias inversas a las que exponemos en esta entrada pues, en realidad, las influencias fueron de Europa hacia Japón.

De este modo, esa primera nave portuguesa que llegó a Japón, concretamente a Tanegashima, en 1543, no sólo supuso que llegaran los primeros misioneros a Asia, entre los cuales encontraríamos, por ejemplo, a San Francisco Javier, sino también un arte que rápidamente fue asimilado por los japoneses.

Este nuevo arte que se crearía en Japón a partir de la llegada de los portugueses recibiría el nombre de arte namban (traducido como “bárbaros del sur”, sobrenombre que los japoneses dieron a los europeos) y se caracterizaría por todos esos elementos claramente europeos aplicados en piezas pictóricas japonesas. De este modo, por ejemplo, en este tipo de arte encontramos monjes, iglesias o santos en un paisaje y manera de hacer y pintar completamente japoneses.

Las piezas de arte que los europeos llevaron a Japón también recibirían este nombre.

 

De París a España

El fenómeno japonista por excelencia, sin embargo, es aquel que tuvo lugar en el siglo XIX, como hemos indicado en unas líneas anteriores, a raíz de la reapertura del país nipón al mundo internacional.

París, especialmente a partir de la Exposición Internacional de 1878, momento que marcó la consolidación del movimiento en Europa, sería el gran centro difusor de todas estas nuevas influencias que no sólo marcarían en el arte, sino también en la vida de los europeos. Antes, sin embargo, ya se iniciaron los bailes de disfraces, óperas como “La Africana” (1866) o “Aída” (1877) y libros como “Las mil y una noches” o “Cuentos del Alhambra”, todo ello con un alto componente de exotismo y orientalismo, fruto del periodo romántico y del colonialismo, aunque aún relacionado con ese imaginario creado a partir de las influencias árabes y musulmanas y no niponas.

La burguesía sería el gran amante de esta nueva tendencia en la que encontramos personajes como Alfred Stevens con su “Parisina japonesa” (1872), James Tissot con el “Retrato del príncipe Tokugawa Akitake” (1868), Claude Monet y su “La Japonaise” (1878) (retrato de su esposa que evidencia, claramente, este gusto por Oriente en el día a día de los europeos) o James McNeill Whistler con su “Capricho en púrpura y oro, el paraviento dorado” (1864).

 

Marià Fortuny fue el pintor internacional por excelencia de España. Así, no es extrañar que, con sus estancias en París, fuese el principal importador del arte japonés a nuestro país.

Anteriormente, sin embargo, ya había iniciado esta fascinación por lo exótico en el Alhambra de Granada, lugar donde trabajaría este nuevo lenguaje artístico que llevaría la España de la segunda mitad del siglo XIX hacia la modernidad.

En 1870, ya se adentraría más plenamente en el Japonismo, realizando sus estudios a partir de la famosa “Gran ola de Kanagawa” de Katsushika Hokusai (1830). No obstante, no sería hasta cuatro años más tarde que el pintor empezaría a aplicar soluciones compositivas de influencia japonesa en sus obras, tales como las composiciones asimétricas, las perspectivas, los formatos o los motivos temáticos extraídos de sus anteriores estudios.

hokusai

 

Un ejemplo de Marià Fortuny de este Japonismo en nuestro país sería la obra “Els fills del pintor al saló japonès” (1874).

fortuny

 

Podríamos decir, pues, que Marià Fortuny abrió la puerta para dejar fluir todas estas ideas al resto de artistas; digamos que llevó a cabo el primer paso para poder iniciar esa renovación artística necesaria para prosperar y dar signos de modernidad en el arte español. Una renovación que, mientras que en Francia progresaría dando lugar al Impresionismo, en España se desarrollaría con una pintura mucho más plácida que, finalmente, en el caso concreto de Barcelona, derivaría al Modernismo.

Son numerosos los artistas que seguirían los pasos de Marià Fortuny y que se dejarían enamorar por ese arte japonés que tan en boga se encontraba en Europa. Uno de los más destacados es Lluís Masriera (un poco más adelante lo citaremos de nuevo pues será uno de los japonistas más destacados de nuestra ciudad, no sólo creando obra pictórica sino también coleccionando piezas de arte japonés) quien diría textualmente…

“El arte japonés nos cautivó por su sencillez, por el ansia de novedad y por la necesidad que sentíamos de buscar en otras fuentes nuestro arte nuevo”

 

Por otro lado, encontramos la figura de Raimundo de Madrazo, cuñado y amigo de Marià Fortuny, quien realizaría sus famosos tablautins con elementos japoneses, como podemos observar en el cojín de “La lectura” (1873).

madrazo

 

José Villegas con sus “Jocs orientals” (1880) es también una figura destacada, así como también el hermano de Lluís Masriera, Francesc Masriera, con su “Després del ball” (1886) o Josep Pinós con “La dama dels ocells” (1890).

 

El Orientalismo (y posteriomente Japonismo) en Barcelona

El Japonismo, como hemos destacado en los puntos anteriores, acabó derivando en nuestro país hacia el Modernismo. Sin embargo, antes tuvo una gran importancia en ese movimiento conocido como Eclecticismo, una estética en una sociedad que, intentando encontrar un estilo artístico propio, cogió como base el estilo neomudéjar o neoárabe y lo adaptó a sus necesidades para conseguirlo. Algo que, al fin y al cabo, ya antes Marià Fortuny y otros artistas hicieron, dejándose eclipsar por el orientalismo y el exotismo que en su momento tenían más cerca, el del norte de África.

No es de extrañar, pues, que las chinoiseries del coro de la Catedral de Barcelona sean de esta época, así como tampoco que arquitectos como Jeroni Granell o Domènec Balet, entre otros, realizasen obras tan típicamente neomudéjares en este periodo.

Por su lado, Eduard Toda (hablamos de él en La Bcn Que Me Gusta en motivo de una visita a su castillo de Escornalbou) inició también en estos momentos sus viajes a la China y sus colecciones de objetos y libros de viajes de Oriente y Egipto (podéis encontrar su colección personal en el Arxiu Històric de Barcelona).

La llegada de corrientes orientales más lejanas, tanto artísticas como filosóficas, especialmente se debería a un segundo aspecto, además de a la ya citada apertura del país nipón, a la construcción del Canal de Suez en 1869, que supuso un gran avance a la hora de llegar a Asia por mar.

Hasta entonces, Barcelona, especialmente a partir de la creación del Eixample y de la necesidad de diseñar nuevos edificios que llenasen todo ese espacio que se podía ocupar a partir de entonces, se convirtió en un ciudad importante en cuanto a la aplicación de todos estos elementos exóticos y orientales. Dado que la ciudad, a diferencia de otros lugares del estado, no conservaba elementos de tradición islámica, era comprensible que todo aquello neomudéjar o neoárabe se considerase algo exótico y, por tanto, de modernidad de cara a las nuevas construcciones que se iban a llevar a cabo.

El interior de las casas burguesas, como sería el caso de la Casa Amatller, tendrían lugares destinados a la decoración oriental, los comercios estarían vinculados con este arte e, incluso, los baños públicos rememorarían aquellos espacios turcos antes mencionados en la pintura de Ingres o Fortuny.

Josep Massanès realizaría un proyecto de lo más innovador para el Portal del Mar, el Colmado La Tropical parecería extraído de Oriente, Antoni Gaudí diseñaría el Bar Torino siguiendo esta tendencia y algunos, incluso, la llevarían al extremo y la innovarían en sí misma, como sería el caso de la Casa Vicens del citado arquitecto o de personajes como Joan Martorell o Josep Vilaseca.

 

Si queréis conocer las localizaciones exactas de todas estas construcciones, algunas ya desaparecidas pero muchas otras aún visitables, os recomiendo esta publicación (la descarga del pdf es gratuita) que realizó el MUHBA, en la cual podréis encontrar información detallada y de lo más interesante sobre el Orientalismo en nuestra ciudad.

Un ejemplo de estas localizaciones que os comentaba es el que recientemente presentamos en La Bcn Que Me Gusta, cuya entrada podéis encontrar aquí: el Paranimf de la Universitat de Barcelona.

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Para continuar nombrando ejemplos, destacar la Fonda Espanya, con ese imponente salón marino, cuyas olas no son más que una reminiscencia de la ola de Hokusai, ya incluido en la influencia plenamente japonista que llegó algo más tardíamente a la orientalista y exótica que comentábamos; la Casa Bruno Cuadros en la Rambla, con su dragón, kimonos y parasoles; la Casa Ferran Guardiola; la antigua plaza de toros Monumental; la Casa de las Alturas del Guinardó o la de Pere Llibre en Passeig de Gràcia, entre otros muchos ejemplos de arquitectura neoárabe y ecléctica que podemos encontrar en nuestra ciudad.

 

La calle Ferran 

Ya en pleno Japonismo, además de la arquitectura como tal, cabe destacar la importancia que tuvo una calle de Barcelona en todo este fenómeno.

Se trata de la calle Ferran, el lugar por excelencia donde adquirir productos de Oriente, gracias a los distintos catalanes afincados en la China y el Japón que comercializaban estos objetos.

Algunos ejemplos de estos comercios son El Mikado, los Almacenes del Japón, Kwong Chong On, almacenes El Siglo (en la Rambla), El Celeste Imperio (calle Boters) o comerciantes como Wenceslao Gelambí, Pere Clapés o Joaquim Mustarós.

 

La Exposición Universal de 1888

Podemos decir que se trata de la entrada definitiva del Japonismo a la ciudad y, a partir de ahí, al país pues fue a partir de ella que todas esas tendencias que tenían lugar en París se trasladaban y se exponían. Por otro lado, cabe también destacar la importancia que tuvo que países como Japón o Filipinas tuviesen su propio pabellón en la exposición.

De este modo, cabe tener en cuenta como punto de difusión del Japonismo y el Orientalismo la casa japonesa traída desde Tokio a la Ciutadella, la Casa de Filipines construida por la Compañía de Tabacos de Filipinas o los pabellones del Japón, la China, Egipto o Turquía, así como también el Pabellón de la Compañía Transatlántica de Antoni Gaudí, el Palacio de la Indústria de Pere Falqués, el panorama Plewna ubicado en Plaça de Catalunya o el edificio de Sevilla de José Forteza.

 

Los coleccionistas

Tal y como hemos destacado en unas líneas anteriores, el coleccionismo a partir de esa importación de objetos desde Japón, ya fuese a partir de la compra directa con el estado nipón como de los viajes continuos a París, tuvo una gran importancia en nuestro país y, más concretamente, en Barcelona.

La colección Masriera, localizada en la calle Bailèn, en su taller, tuvo una gran notoriedad en la época. Inicialmente, se trataba de algo estrictamente privado pero, poco después, ya en 1913, se abrió al público, quien podía disfrutar de una colección que incluía piezas de todas las épocas y tipologías.

Actualmente, dicha colección se encuentra en el Museu del Disseny.

 

Otras colecciones de arte japonés destacadas que podemos encontrar en Barcelona son la de Josep Mansana, quien compró en París la colección del que fue discípulo del maestro Hokusai, Katsushika Hokutei, Carles Maristany (su colección se ubicaba en el actual Cine Comedia, en lo que recibía el nombre del Pabellón Imperial Japonés, un gran espacio que incluía 7 salones distintos ambientados en el Japón tanto de interior como exterior), Oleguer Junyent o Apel·les Mestres (no le interesaba el valor económico de las piezas sino su utilidad a la hora de inspirarse).

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Ya que citamos a Oleguer Junyent, mencionar que él fue precisamente una de las personas que organizaba viajes a Oriente, tal y como podemos observar en este anuncio de la Ilustración Catalana.

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Por otro lado, se encuentran aquellos que coleccionaban ukiyo-e, entre los cuales destacaríamos Alexandre de Riquer, Santiago Rusiñol (en el Cau Ferrat de Sitges guardaba un sinfín de estampas japonesas y biombos), Josep Pascó, Josep Lluís Pellicer, Lluís Masriera, Hermen Anglada Camarasa, Oleguer Junyent, Marian Espinal, Domènec Carles, Ismael Smith, Jaume Mercadé, Enric Cristòfol Ricart o Alfred Sisquella.

Os añado algunas de las piezas de dichas colecciones, “Mujer entre lluvia” de Kusakabe Kimbei, “Lluvia repentina en el gran puente de Atake” de Utagawa Hiroshige y “El fantasma Kohada” de la serie “Cien historias de fantasmas” de Katsushika Hokusai.

 

La importancia de los libros

Además de arquitectura y arte, con el Japonismo también tuvo un importante papel todo ese conjunto de libros editados en la época que trataban y analizaban el arte japonés. La mayor parte de ellos, como podrían ser aquellos escritos por Otto Fisher, se editaron en Alemania pero, rápidamente, fueron traducidos a un sinfín de idiomas, llegando inclusive a nuestro país.

Otros ya fueron editados en España, como podrían ser los casos de “El imperio del sol naciente” de Juan Lucena de los Ríos o “La sociedad japonesa” de Andrés Bellesort.

 

A partir de aquí, es interesante mencionar la importancia que las ilustraciones tomaron dentro, no sólo de los libros de arte japonés, sino también de aquellos de temáticas más variopintas como consecuencia directa de todo el movimiento que se estaba gestando en Europa. Y es que muchas de ellas estaban íntimamente vinculadas también con el Japonismo. En este ámbito, cabe tener en cuenta dos nombres principalmente,  dos de los grandes ilustradores del modernismo catalán, Alexandre de Riquer y Apel·les Mestres.

De este modo, mientras que el segundo siempre vinculó esta estética japonista con un mundo mágico y onírico, lleno de fantasía, tal y como podemos apreciar en “Liliana”, el segundo incluso realizó motivos plenamente de influencia japonesa, como podrían ser las libélulas o sus típicos crisantemos, flor japonesa representada en un sinfín de ocasiones por Hasegawa Keika, en obras como “Crisantemes” o acompañando a pequeños fragmentos poéticos.

Podéis encontrar muchos de estos libros en el Arxiu Històric de Barcelona, tal y como hice yo misma, para poder disfrutar de sus ilustraciones y belleza. ¡Son una verdadera delicia!

 

¡Los Ex-Libris de Alexandre de Riquer son también una maravilla! Si queréis conocerlos un poco más, independientemente de su influencia japonista, os recomiendo el libro “Alexandre de Riquer i l’exlibrisme” de Joan-Lluís de Yebra.

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Publicidad

Obviamente, si se trataba de una influencia de tendencia y símbolo de modernidad, la publicidad, tratándose ya de una sociedad capitalista, no podía ser una excepción dentro de todo este fenómeno que os presento hoy en esta entrada.

Así, pues, para poner algún que otro ejemplo concreto, destacar el caso de Chocolates Amatller, con los diseños de Josep Triadó, que también le acercaron a esta nueva estética, del mismo modo que también lo hizo el Purgante Japonés Nazarnorima.

 

Mobiliario

Finalmente, ya para no alargar mucho más, sólo destacar la importancia de todo este movimiento orientalista en el mobiliario de todas esas familias burguesas que también querían, además de construirse edificaciones a la moda del momento, decorar sus interiores con las nuevas tendencias.

Es en este punto, pues, que artesanos del mueble, ya en pleno Modernismo, como Francesc Vidal, Joan Busquets o Gaspar Homar toman especial relevancia, con sus creaciones delicadas, tanto de madera como de cristal, y con un alto nivel de contenido oriental, especialmente floral.

 

Para continuar indagando…

Si os ha gustado la entrada y queréis continuar siguiendo un poco la línea que os he presentado hoy, os recomiendo el catálogo oficial de la exposición sobre Japonismo, comisariada por Ricard Bru, que se llevó a cabo en el Caixa Fòrum. Una maravilla con textos e imágenes de lo más interesantes y, especialmente, delicados.

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Dicho esto, concluir esta entrada sólo destacando que son muchas las perspectivas y visiones desde las cuales podemos conocer Barcelona, una ciudad que siempre ha anhelado asemejarse a Europa y seguir las últimas tendencias de modernidad que tenían lugar en ella. Esta perspectiva que hemos destacado hoy en La Bcn Que Me Gusta y que la vincula con Oriente y Japón, pues, no es una excepción y, a pesar de haber pasado los años, sólo hay que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que no sólo encontramos reminiscencias de ello procedentes del siglo XIX, sino incluso bien actuales.

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