Júlia, el desig

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Júlia Peraire, una de esas tantas mujeres (salvando las distancias, un buen ejemplo podría ser también la famosa Vampira del Raval, de la cual hablamos ya hace un tiempo en La Bcn Que Me Gusta) a las cuales la historia, por el simple hecho de ser mujeres, no sólo no las ha tenido en cuenta sino que, además, ha creado mitos alrededor de ellas muchas veces erróneos y falsos.

De este modo, la protagonista de la entrada de hoy se convierte en una mujer cuyo pasado marcó su trayectoria y vida. En primer lugar, porque su padre, Marcos Peraire, procedente de Avià, fue un gran librepensador y feminista que dio formación a sus cinco hijas en una época en la que no era lo habitual y que, incluso, al ser ateo, las nombró con nombres para nada cristianos (Emilia Lluciana, en honor a las bases de su pensamiento con el libro “Emili” de Rousseau y a Lluciano de Samóstata, sirio helenizado y librepensador con gran influencia de Voltaire y Rabelais; Pura con el significado simbólico de purificación y regeneración; Júnia Victòria o Júlia en honor a Júnia, la mujer apóstol que debería haber tenido la misma autoridad en la Iglesia como los apóstoles hombres y a la Victoria del pensamiento; Salut Florinda Lícia, haciendo referencia a la salud del alma, física y humana y a la Florinda de la obra de “Maria Rosa”, quien acaba suicidándose como último recurso para huir de una sociedad opresora; y Flora con un nombre también asociado a la reivindicación feminista, haciendo honor a Flora Tristán, quien luchó por los derechos de los trabajadores).

Y, en segundo lugar, por el simple hecho de quedarse huérfana de padre y tener que devolver el dinero a todos esos contactos que, en su momento, tanto le ayudaron, vendiendo lotería delante de la Maison Dorée de Plaça de Catalunya.

Por todo ello, se vio humillada y excluida de la sociedad de su época hasta tal punto que, incluso, acabó perdiendo toda la herencia que le pertocaba tras enviudar de su marido. Una mujer que lo tenía todo (contactos, formación, dinero…) pero que, sin embargo, pasó a la historia como esa pobre chica que vendía lotería y que pretendía llegar aferradamente al estatus social burgués de su esposo.

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Esta es la definición que siempre se ha hecho de Júlia Peraire, la que fue musa, amante y finalmente esposa de Ramon Casas y de la cual también hablamos hace apenas unos días en La Bcn Que Me Gusta, a partir de esa Ruta Ramon Casas, gestionada mediante la exposición que también está teniendo lugar en el Museu del Modernisme en motivo del aniversario del nacimiento del artista.

En esta ocasión, focalizándonos en uno de los elementos de la exposición anterior, os propongo visitar la que, en mi opinión, es quizá la muestra más destacada dentro del Any Ramon Casas, no sólo por lo que supone en sí misma, sino también por quién ha sido su comisaria, la historiadora del arte Isabel Coll, la misma profesional que se encargó de testar que el famoso mural encontrado en la joyería Rabat era del artista y, por tanto, una gran conocedora de su obra.

(por cierto… ¡el catálogo de la exposición, realizado también por Isabel Coll, es de lo más completo e interesante!   ;)  )

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Dicho esto… hoy os propongo continuar disfrutando del Any Ramon Casas y aprendiendo, sobre todo, lo que el artista supone y conlleva para la Historia del Arte y la ciudad de Barcelona, a partir de una muestra muy especial centrada en toda esa obra de Ramon Casas en la cual encontramos a Júlia Peraire como protagonista quien, para el artista, era casi como una obsesión, de ahí el título de la exposición “Júlia, el desig”, dado que la encontramos en casi todas las piezas del artista que conllevan un personaje femenino. Y es que, ya fuesen obras privadas como anuncios publicitarios… ¡Júlia tenía siempre que salir y, si no lo hacía, Ramon Casas ya se las apañaba para conseguirlo!   ;)

 

Así, pues… ¿El hilo conductor de la exposición?

Júlia Peraire en una exposición que no sólo nos permite conocer realmente quién era, desmitificándola y, sobre todo, conociéndola como persona desde esa vertiente más psicológica que Ramon Casas fue capaz de plasmar a través de sus cuadros, sino también las distintas fases de la relación que mantenían, comenzando por la pasión, continuando por la necesidad de convertirla en toda una señora y finalizando por esa dulzura y calidez propias de la última fase de un matrimonio.

La famosa Sargantain, ya citada en la entrada anterior, es el gran ejemplo de esta relación inicial más carnal y que duró cerca de unos 5 años. La mirada de Júlia, su cabeza gacha, las carnaciones de su rostro, el amarillo de la tela que cubre su cuerpo, la evidencia del cruce de sus piernas señalando su sexo, sus manos agarradas a la silla en la cual se encuentra para mostrar su pecho… ¡nada es inocente en esta obra!

Una pieza que, además, tiene la peculiaridad de ser propiedad del Cercle del Liceu (gran parte de las obras expuestas son de colecciones privadas y, por tanto, también motivo de visitarla dado que quizá tampoco se vuelvan a exponer) al ser ganadora del premio anual de Bellas Artes que realizaba cada año la institución.

¿Su nombre? Siempre volviendo a ese mito de mujer humilde que pretende conseguir el poder de su pareja burguesa, se había dicho que hacía referencia a esa salamandra entendida como víbora. Sin embargo, Isabel Coll, a partir de distintas documentaciones encontradas, ha propuesto algo distinto: un simple afrancesamiento, algo habitual en la época, para darle ese refinamiento, a la par que puro “divertimento”, que tanto gustaba en su momento. De este modo, traduciríamos la obra como “la sargenta”, dando a entender que quien llevaba los pantalones en la relación era ella y no Ramon Casas. Su postura de superioridad en esta obra reafirmaría la hipótesis.

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Por otro lado, destacar que Ramon Casas era más partidario de insinuar que de enseñar para conseguir un resultado que no fuese vulgar. De esta manera, siempre que quería mostrar una Júlia más agresiva y pasional, lo hacía con alguna tela que le cubriese el cuerpo. En estos casos, su mirada siempre es muy penetrante y oscura, a pesar de que siempre se ha dicho que lo que enamoró a Ramon Casas fueron sus increíbles ojos azules.

Sin embargo, siempre que Júlia aparece desnuda, esta idea más carnal desaparece por completo y la representa más cándida, al más puro estilo de Ingres, sin sensualidad, siendo incluso y en ocasiones un estudio anatómico, y con ojos azules y expresiones muy dulces. En estos casos, en pez de pintura usa el dibujo como técnica.

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Siguiendo con las fases de esta relación que comentábamos y que podemos encontrar a partir de la obra de Ramon Casas, en su segunda etapa, encontramos una Júlia burguesa, algo que siempre odió y que se hace evidente en las obras de esta época.

Ramon Casas se empeña, no sólo en hacer aparecer a Júlia en todas partes para que se la conozca, como ocurría en la primera fase, sino también en aburguesarla para que se le haga un lugar en la sociedad a la cual quiere que entre.

Es por ello que, en vez de telas, Júlia vestirá ya ropas propias de toda una señora, aunque en ocasiones le ponga ese toque más distinto como serían un abrigo masculino o utilizando el más puro estilo de moda neoyorquina (hablando de moda… para Ramon Casas los figurines de las revistas de moda fueron una gran fuente de inspiración, es por ello que, en gran parte de las obras, Júlia aparece con los pies del mismo modo que los tenían las modelos de la época).

Sin embargo, a Júlia no le gustaba que la disfrazase de aquello que no la aceptaba como era, no se sentía ella con esas ropas y es por eso que, incluso, alguna que otra obra, como podría ser la del abrigo de bisonte, quedase inacabada.

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Finalmente, en la última fase, identificada en la última parte de la exposición, encontramos siempre escenas, más que retratos evidentes de Júlia, en las que podemos apreciar la vida cotidiana de su ya esposa, ubicada siempre en un pequeño rincón del conjunto.

En esta época, Júlia se muestra ya apática, cansada por la edad pero también por las pocas ganas ya de posar y disfrazarse según el gusto de su pareja y es por ello que, además de escenas, podremos observar, incluso, alguna que otra modelo distinta a Júlia. Aparte, determinadas obras se adaptarán más a su edad, como podría ser el cartel sobre la tuberculosis en el que la encontramos ya como madre (los dos niños en realidad eran sus dos sobrinos).

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A partir de esta exposición, además, como segundo hilo conductor, encontramos algo que se puede conocer más profundamente a partir de sus obras: la técnica de Ramon Casas, sus puntos más destacados, así como también esa influencia de los clásicos, tales como el Greco o Velázquez, tan presente en sus tonalidades (el amarillo Greco se encuentra muy habitualmente en muchas de sus obras) o posturas.

Goya también se encontrará muy presente, como podrían ser esas obras en las que Júlia aparece como chula o maja.

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¿Cómo más podemos reconocer a Júlia?

Como diosa o alegoría (un buen ejemplo sería en el anuncio dels Jocs Florals), especialmente en carteles publicitarios. El primer cartel en el cual podemos encontrar a Júlia, además del famoso Anís del Mono que pudimos apreciar en la exposición del Museu del Modernisme, es el del Jabón Fluido Gorgot.

Como podéis ver… ¡cualquier excusa era buena para hacer que Júlia apareciese por doquier y la sociedad de su momento se acostumbrase a verla!

 

Un lugar muy especial… ¡El Cercle del Liceu!

La exposición, abierta al público hasta el 20 de julio, se ubica en un lugar al cual quizá no volvamos a tener oportunidad de entrar dado que se trata de un rincón exclusivo para socios (la tarifa anual es de 13.000eurs… no sé vosotros, pero yo tengo claro que no volveré a ir, al menos en calidad de socia, al Cercle del Liceu); en un conjunto de salones que, al más puro estilo club social inglés, nos traslada a otra época, a ese siglo XIX que tanta importancia tuvo en Barcelona.

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Se trata del Cercle del Liceu, fundado en el 1847 y siendo actualmente el único club de España localizado en su lugar original.

Un lugar marcado por la historia y por todas las obras de arte de las cuales ha sido mecenas la institución pero también por esa reconstrucción consecuencia de ese primer incendio del Liceo que tanto daño hizo. De este modo, encontramos una zona original de su fundación y otra reconstruida en el 1901, pero siempre marcada por grandes artistas, tales como Oleguer Junyent o el mismo Ramon Casas.

La visita, pues, dada la importancia del continente de la exposición, incluye un pequeño recorrido para conocer las instalaciones del Cercle del Liceu (podéis encontrar fotografías de las que no pudimos disfrutar clickando aquí).

¿La primera de ellas? La Pecera, llamada así precisamente porque, a modo de escaparate, funciona como único salón desde el cual se puede ser visto desde el exterior.

La chimenea, aparte de sus cubiertas, pavimentos y paredes, es el elemento más destacado del conjunto, gracias a todo ese trabajo que gira entorno del murciélago y los distintos símbolos de la Corona de Aragón.

 

Seguidamente… ¡el recibidor! Dado que es la parte que da acceso a la planta noble, se trata del salón más lujoso de la institución, con sus vidrieras (todas ellas hacen referencia a Wagner y sus obras, muy admirados en el s.XIX), sus columnas de mármol de una sola pieza o sus paredes de Oleguer Junyent.

 

¡Ah! ¡Sin olvidar su ascensor! ¡El más antiguo en uso de Barcelona junto con el del Palau Moja! Si tenéis oportunidad, ¡echadle un ojo!   ;)

 

¿El Sancta Sanctorum del Cercle del Liceu?

Un salón que da la casualidad que, a pesar de no encontrar a Júlia en ninguno de sus rincones pues se conocieron posteriormente a su realización, fue diseñado por el mismo Ramon Casas.

Un lugar realmente privilegiado al que parece que, al entrar, nos traslademos a un sitio muy distinto.

Se trata de un salón en el que, durante más de 100 años, no entró ninguna mujer… ¿El motivo? Ser el Salón de Fumadores del Cercle del Liceu, aquel lugar al cual sólo se permitía el acceso a los hombres.

Es por ello que los personajes de sus obras, 12 escenas todas ellas vinculadas a la vida en el Liceo o a la vida cotidiana del momento y repletos de influencias parisinas (¡alguna de las obras, incluso, nos recuerda a ese “Le Moulin de la Galette” de Renoir pero con la modelo de Toulouse-Lautrec o a las bailarinas de Degas!), sean todos mujeres.

Una salón lleno de magia que, además, se multiplica y toma aún más valor a partir de su iluminación, el llamado sistema de ojos mágicos que hace que nos dé la sensación de que las obras emanan luz por ellas mismas.

Lamentablemente, sólo decir, ya para finalizar este punto, que muchas de las obras tienen actualmente un efecto amarillento a causa del humo de los cigarrillos fumados en su momento.

 

Dicho esto… ¡pasemos a la exposición!

La exposición se divide en tres grandes salones, los mismos que los socios utilizan como club social, en los que las tres fases de la relación Júlia – Casas se dividen.

De este modo, el primer gran salón engloba todas esas obras más relacionadas con la juventud de Júlia y esos primeros años más pasionales de la relación.

 

El segundo salón, a pesar de tener unas dimensiones más reducidas, se diferencia del resto por dos motivos…

1) Porque en él, además de esa Júlia burguesa que comentábamos, observamos más claras referencias a otros artistas, ya sean clásicos, como los ya citados Greco, Velázquez, Tiziano (con retratos de 3/4 y vestidos metálicos) o Goya, como contemporáneos. En este sentido, cabe destacar el movimiento aestético, ese estilo artístico que proclamaba el arte por el arte y la necesidad de la no existencia de una formación técnica para poder disfrutar de él. Ramon Casas, siguiendo con su gran obsesión, será capaz de adaptar su querida Júlia a este movimiento de dos maneras o, mejor dicho, según dos realidades: esa Júlia burguesa que comentábamos y la Júlia española con su mantilla y ese toque más de exotismo que le aportan sus coloridas vestimentas.

 

2) Su gran chimenea, una de las pocas que conservan un guardachispas realizado con la técnica para vidrio del cloisonné, con reloj incorporado.

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Finalmente, la tercera sala, unida al pasillo final, nos concluye la vida de Júlia con esa figura apática que, incluso, necesitará de una modelo alternativa para poder conseguir un buen resultado.

Una Júlia que vivirá con todas las comodidades ya en una vida matrimonial (ya no va disfrazada sino cómoda y en albornoz) pero que, sin embargo, al enviudar, especialmente por los celos de su cuñada, Elisa Casas, la reina de la sociedad del momento, perderá toda su herencia. Este es el motivo por el cual gran parte de la obra de Ramon Casas (el artista fue un 70% más prolífico en cuanto a obra conservada que artistas como Goya) se encuentra tan dispersa entre distintas colecciones privadas: porque Elisa, tras la muerte de su hermano, al ser Ramon Casas ya un artista de renombre, se lo vendió todo a particulares.

 

En definitiva, “Júlia, el desig” se convierte en una exposición preciosísima en la que, de una manera muy minuciosa y profesional, gracias a todos los conocimientos aportados por su comisaria, Isabel Coll, no sólo podemos aprender sobre Ramon Casas y su técnica, sino también sobre todo aquello que gira entorno de la mujer que más amó, Júlia, una mujer que sufrió y se olvidó pero que también, poco a poco, vamos entre todos y todas recuperando.

Todo ello, en un entorno único al que en pocas ocasiones podremos entrar.

Por todo ello… ¡”Júlia, el desig” se convierte en una exposición imprescindible de ser visitada!     ;)

 

Para más información:

Rambla, 65

www.circulodelliceo.es

www.juliaeldesig.cat

www.ramoncasas.cat

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