Oteiza, el artista que luchó por una obsesión…

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“El arte no transforma nada, no cambia el mundo, no cambia la realidad. Lo que verdaderamente transforma al artista, mientras evoluciona, transforma y completa sus lenguajes, es a sí mismo. Y es este hombre transformado por el arte el que puede, desde la vida, transformar la realidad”.

Jorge Oteiza

 

Con estas palabras inicia la exposición que hoy me gustaría presentaros, “Oteiza. La desocupación del espacio” en La Pedrera, la retrospectiva de este escultor vasco que podemos encontrar hasta el 22 de enero y que nos permite, ante todo, conocer el proceso de experimentación, paso a paso, del que fue uno de los creadores más relevantes del panorama español y, especialmente vasco, del siglo XX, a partir de un recorrido cronológico de lo más interesante por su obra.

Se trata de una exposición, pues, algo distinta a las anteriores (como podrían ser la fotografía de Toni Catany, la publicidad de Leopoldo Pomés o el viaje modernista que llevamos a cabo a partir de las artes decorativas), capaz de trasladarnos al arte contemporáneo desde una perspectiva mucho más entendedora, aunque también complicada, precisamente porque nos explica ese trabajo tan científico y metódico, así como también con un objetivo muy claro, que Jorge Oteiza realizaba; algo que en muchas ocasiones no siempre podemos llegar a hacer, precisamente por la complicación que supone entender el arte contemporáneo.

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Su comisariado

La exposición de la cual os hablo hoy en La Bcn Que Me Gusta es fruto de una colaboración entre Fundació Catalunya La Pedrera y Fundación Museo Jorge Oteiza, localizada en Alzuza (Navarra), en un edificación de Francisco Javier Sáenz de Oiza que integra la casa en la cual residió Jorge Oteiza, uniendo, así, en un mismo espacio, a dos de los grandes representantes del arte vasco, los cuales, además, da la casualidad que en más de una ocasión trabajaron conjuntamente.

De este modo, los comisarios de la muestra son Gregorio Díaz Ereño, director del Museo Oteiza, y Elena Martín Martín, responsable del Departamento de Conservación del mismo museo, ambos grandes conocedores de la obra de Oteiza y del arte vasco y navarro, con distintos estudios, artículos y tesis al respecto. Así, pues, dicha fundación ha sido la mayor cesora de las piezas expuestas, las cuales forman parte de las 1650 esculturas, 2000 piezas de su laboratorio experimental y de los dibujos, collages y documentación personal del artista que componen el fondo de la fundación.

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En todo momento, destacar también que se ha pretendido conservar la imagen que a Oteiza le hubiese gustado tener en su exposición. Es por ello que incluso las peanas de exposición de las obras han sido diseñadas expresamente para la misma siguiendo los patrones de Oteiza y creando con ellas ese vacío que tanto persiguió, tal y como veremos un poco más adelante en esta misma entrada.

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Antes de proseguir con la exposición como tal, comentar también que, además de la muestra, La Pedrera cuenta con todo un conjunto de actividades paralelas que, del mismo modo que hacía Oteiza, creando ese universo interdisciplinario, son capaces de aunar en un mismo espacio música, danza, escultura y poesía. Podéis encontrar sus horarios y precios clickando aquí.

Además, dado que se trata de una exposición complicada, no por lo que podemos ver en ella sino en el sentido que no siempre el arte contemporáneo es comprensible y Oteiza en especial esconde una importante labor teórica detrás de cada una de sus obras, disponéis de visitas guiadas. De hecho, la del domingo a las 12h es precisamente a la que asistí yo (tenéis otra visita guiada el sábado a las 18h), una visita llevada a cabo de una manera muy amena e interesante.

 

Hecho este primero preludio… ¡El autor!

Tal y como hemos comentado, Jorge Oteiza fue uno de los grandes escultores vascos y españoles del siglo XX, a pesar de que nunca se formó en dicho ámbito propiamente sino que, como ocurre con muchos personajes artísticos, se inició en el mundo de la medicina, carrera que acabó abandonando para después, de manera autodidacta, introducirse en la escultura.

Nacido en Orio (Guipúzcoa), fue un artista capaz de combinar la experimentación artística con su teorización, siempre vinculándose en todo momento con la cultura que lo vio nacer, la vasca. Precisamente por este último aspecto, se trata de uno de los mayores precursores de la Escuela Vasca, elaborando un discurso de identidad nacional basado en la búsqueda de sus raíces propias como pueblo.

Tal y como hemos comentado en unas líneas anteriores, además, Oteiza se trata de un artista realmente polifacético e interdisciplinario, pues tocó tanto escultura como poesía, pedagogía o cine. Pero, sobre todo, podemos describirlo como ese artista que luchó por una obsesión, la cual, una vez alcanzada, provocó que abandonase la escultura y se dedicase a otras disciplinas. Por este motivo, muchos de sus proyectos no llegaron nunca a materializarse, siendo él mismo, incluso, el que rehusó exposiciones importantes a niveles internacionales. Una persona, pues, realmente honesta, tanto con su obra como con él mismo pero, ante todo, honesto con su público.

Es este último aspecto el que más me impresionó de su obra. Todo tiene un porqué en ella, habiendo detrás siempre un proceso filosófico, transcendental y, sobre todo, científico que, no sólo nos permite comprenderla de un modo empírico, sino también disfrutarla de una manera distinta.

Por todo ello, recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1988, año en el que se le realizó también una exposición retrospectiva en Madrid, Barcelona y Bilbao.

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Como curiosidad, destacar su posición, tanto artística como política, completamente contraria a la de otro artista contemporáneo a él y también vasco, Eduardo Chillida. Un artista que, si bien es cierto que también tiene una obra de lo más interesante, considero que su popularidad no estaba quizá al alcance de la de Jorge Oteiza, algo menos conocido que Eduardo Chillida.

El mundo de las artes vascas y españolas se polarizó en dos, entre los que eran partidarios de Chillida y los que, en cambio, lo eran de Oteiza. Yo, si me tuviese que destacar en ello, claramente me pondría del lado del segundo.

Tal fue su competitividad y enemistad que, incluso, ya en los últimos años de vida de los dos escultores, en 1997, se tuvo que llevar a cabo lo que se conoció como el Abrazo de Zabalaga, ese momento de reconciliación entre ambos que podéis encontrar en el siguiente vídeo:

http://www.eitb.eus/es/videos/detalle/1286446/video-1997-chillida-oteiza-hacen-paces–gracias-petrov/

 

Pero… ¡Pasemos a su obra!

Obsesión, así titulo esta entrada y es que, tal y como os he añadido en unas líneas más arriba, el trabajo de Oteiza era, ante todo, científico pues pretendía, cogiendo como referente a grandes artistas de las vanguardias artísticas, como Mondrian o Malevich, llegar mediante el arte a ese momento transcendental que, tras catástrofes como la II Guerra Mundial o la Guerra Civil Española, la religión no le cubría.

Para Oteiza, la materia, esa herida de las guerras, tenía que curarse de algún modo y el arte era el único que, a falta del papel perdido de la religión, lo amparaba en ese momento. Como él mismo dijo, “hacer escultura me cura el alma”.

De este modo, su obra se regía por tres importantes parámetros que él mismo, como teorizador que también era, destacaba: el volumen o masa, el vacío y la magia.

Una obra rica y compleja que, si bien es cierto que se inicia con una cierta figuración, aunque bastate sintetizada, poco a poco, va encaminándose hacia ese gran objetivo del artista, encontrar el vacío mediante la masa y, junto a él, la energía que éste crea, así como también sus raíces como miembro de la comunidad vasca.

¿El motivo de esta obsesión? Además de las ya citadas guerras y de la necesidad de búsqueda de ese amparo que la religión ya no le aportaba, es importante también destacar la importancia que tuvieron en su obra, posiblemente, las cavidades vacías que las Cuevas de Orio creaban y que tan importantes fueron para sus momentos de reflexión.

De este modo, lo que se inicia con esa figuración, a la vez tan relacionada con el cubismo y ese primitivismo del arte precolombino que aprendió en Sur-América durante su viaje entre 1935 y 1948, se va encaminando hacia un recobrar de lo que el arte europeo ha perdido, su relación con lo transcendental.

En este periodo, tal y como pudimos percibir en las obras de la exposición, trabajará con materiales bastante pesados y con una alta sensación de peso y volumen.

 

Poco a poco, observamos cómo esta obra se va estilizando; pasamos de cemento a cerámica e, incluso, a figuras que, progresivamente, inician su proceso de transformación con pequeños vacíos en ellas y un trabajo en vertical que antes todavía no observábamos.

 

Es en este periodo que tendrá lugar una de sus obras más emblemáticas pero, precisamente por este inicio de aplicación de elementos que se alejan de la figuración y que ya van acercándose a la creación de vacío (trabajo muy vinculado con el de su contemporáneo Herny Moore), no muy entendida por su comitente.

Se trata la Basílica de Aranzazu, un encargo que, tanto para él como para otros artistas vascos que también participaron en el proyecto, se convirtió más en un aspecto identitario que no religioso, al tratarse de un santuario muy vinculado con el pueblo vasco y su identidad como comunidad.

De este modo, al quedarse pequeña la basílica, se decidió ampliarla a partir de un concurso en el cual participaron artistas de renombre, en su momento bastante jóvenes, como Eduardo Chillida en las puertas, Juan Laorga y el antes citado Francisco Javier Sáenz de Oiza en su arquitectura o el propio Jorge Oteiza en la decoración escultórica de la fachada, entre otros.

En este proyecto, Oteiza realizó un friso de altorelieve con los distintos apóstoles (no 12 sino 14, aunque si hubiese habido espacio para 18 ó 19 también los hubiese añadido ya que su intención era llenar el máximo espacio posible para, así, representar la comunidad católica y no sólo aquellos que vivieron cerca de Jesucristo propiamente) realizados como transestatuas, es decir, con cierta figuración ya que los feligreses la precisaban para realizar sus encomendaciones.

El tema de los apóstoles, así como también la falta de figuración y masa de sus esculturas (él consideraba que todo aquel que quisiera llenarse de Dios antes debía vaciarse de sí mismo) provocó que incluso el Vaticano no permitiese la conclusión de la obra. Hasta 14 años más tarde del encargo, ya en 1969, no se reanudaron las obras y ese renacimiento del arte vasco no se incluyó en la que es una de las obras más preciadas por los vascos, así como tampoco en esa renovación del arte religioso que se estaba llevando a cabo en toda Europa.

Como curiosidad, decir que cada una de las representaciones tenía una estrecha relación con el pueblo vasco, al ser realizadas con esos rasgos más característicos de sus habitantes, tales como la nariz aguileña o la barbilla prominente.

 

Réplica a pequeña escala de la Virgen María con su hijo, Cristo, en los pies de la fachada de la Basílica de Aranzazu, una de las piezas que podemos encontrar en la exposición de La Pedrera:

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Hecho este pequeño inciso… ¡seguimos con su obra!

En unas líneas anteriores, hemos citado la figura de Henry Moore y los parecidos que éste tenía con la búsqueda del vacío de Oteiza. Sin embargo, los parecidos no eran del todo auténticos pues, al fin y al cabo, la manera de trabajar de Moore no acababa de encajar con la de Oteiza. De este modo, mientras Moore realizará esculturas muy monumentales, Oteiza se centrará en la activación del máximo espacio con la mínima cantidad de masa.

Para entender la obra de Oteiza, además, cabe tener bien claro conceptos que también pudimos apreciar en la exposición: el espacio neutro (intangible, aquello que encontramos a nuestro alrededor) y el espacio vacío (la masa es la que determina el espacio neutro y crea el vacío). Además, encontramos lo que Oteiza bautizó como condensadores de luz, algo esencial teniendo en cuenta que la luz es móvil y que es precisamente esta la que activa y muestra el espacio vacío.

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Para aplicar todas estas teorías, Oteiza se centró en un nuevo referente, Cézanne y sus tres formas serierizadas: el cilindro, el prisma (Oteiza lo cambiaría por el cubo) y la esfera. Es a partir de ellas, pues, que el artista iniciará realmente, a partir de un proceso de experimentación de ensayo-error, esta búsqueda del vacío y de unas figuras, como él mismo definía, más livianas. 

Si cogemos, así, un cilindro y con dos cilindros más nos comemos su materia, dejando algo parecido al corazón de una manzana, podemos crear lo que nombró hiperboloide, es decir, una figura con vacíos capaces de crear energía en su interior. El material que nos hemos comido y que no vemos sería el hiperboloide.

 

La siguiente figura que trabajó fue el cubo. Para buscar su vacío, empezó a agujerearlo pero, rápidamente, se dio cuenta de que hacía falta encontrar un límite si no quería quedarse sin materia. Es en este momento que toma como referencia a Malevich y su constructivismo, creando lo que llamaría la Unidad Malevich, es decir, esos trapecios con un ángulo recto en una de sus vértices que, combinándolos de manera adecuada, permiten crear esos cubos inestables y abiertos llamados cuboides.

Hará falta muchísima energía para deshacer dicha unidad, del mismo modo que ocurre con una macla (hacen falta dos isópodas para deshacerla). De este modo, el hecho energético queda explicado con la mínima masa.

 

Finalmente, pasamos a la esfera, el mayor problema de las tres figuras pues se encuentra en movimiento permanente, nunca se para. Dado que no la puede abrir, siempre la trabajará a partir de un plano que, a su vez, permitirá que no se mueva.

En un inicio, a partir de ella, representará las fases del movimiento intrínseco que podemos encontrar en dicha figura, del mismo modo que ya hacía en su momento el futurismo. Sin embargo, progresivamente, aplicará en esta figura su propia experiencia personal, representando a partir de ellas, no sólo el vacío, sino también esas cavidades de las Cuevas de Orio antes citadas. Es por este motivo que muchas de estas obras se vincularán con la noche, la luna, sus distintas fases, los círculos de la noche… esos espacios de protección que encontraba tan cerca de su casa.

 

El final de todo este proceso de investigación ya se va divisando. No obstante, para Oteiza no será suficiente y prueba de ello es que, a pesar del éxito que su obra supuso en la Bienal de Sao Paulo en 1957, en la cual participó, no con 10 piezas como estaba estipulado, sino con 28 obras de 10 familias experimentales, también renunció a un sinfín de exposiciones a nivel internacional al considerar que su obra aún no estaba completa y acabada; no había extraído aún ninguna conclusión.

Por otro lado, comentar que su trabajo, a diferencia del de Chillida, en pocas ocasiones fue monumental dado que consideraba que éste tenía que caber en la palma de una mano, siendo, de este modo, más humano. Aún así, en algún caso sí encontramos que su obra se ha aplicado al aire libre, como podría ser el ejemplo del Monumento al Padre Donosti en Agiña (1959), una intervención llena de significado, que realizó junto a Luis Vallet, precisamente para crear un espacio propio de las ceremonias megalíticas.

En la exposición podréis encontrar otros ejemplos, algunos de ellos truncados y no llevados a cabo, como podría ser el Cementerio de San Sebastián, lleno de significados metafísicos. Como curiosidad, decir que la escultura que tenemos frente al MACBA es también de él.

 

En 1959 Oteiza considera que su trabajo está acabado; una chapa ayudará a crear esa escultura “más liviana”, que da un límite al vacío y que supone, a su vez, poco peso. Una pieza sobria, puesto que su principal preocupación es hablarnos de su interior.

Es en este momento, pues, que realizará sus cajas vacías (no cuboides), la última fase de todo este proceso, abiertas por todas sus caras (cada una de ellas es una Unidad Malevich) para, así, mostrarnos su interior.

Oteiza encontró, de este modo, su lugar de protección, la habitación de nuestra alma, los brazos de esta abuela que nos abraza y protege.

 

Sin embargo, conseguida esta última idea, aún quería trabajar un poco más con menos masa. Es por ello que conseguirá, finalmente, llevarla a cabo con el mínimo de masa posible, con triedros, 3 caras. No encontramos casi ya escultura pero sí que consigue llegar a esa máxima energía que buscaba.

Una vez obtenido su objetivo, deja la escultura. Es aquí cuando se iniciará en otras actividades que tan multidisciplinar lo harán y que tan vinculadas irán con esa voluntad de participar en la construcción social desde el arte y la estética, relacionándose, así, con su país, Euskadi. Se iniciará, así, con la pedagogía e incluso creará una escuela en la cual se dará una gran importancia a la sensibilidad estética y la interdisciplinariedad.

Entre sus escritos, algunos de ellos incluso clandestinos hasta la muerte de Francisco Franco, encontramos los siguientes títulos:

Escritura y poesía: “Quousque tandem…! Ensayo de interpretación estética del alma vasca” (1963), “Ejercicios espirituales en un túnel” (1983), “Ley de cambios” (1990), “Estética del huevo” (1995) o “Goya mañana” (1997)

Poemarios: “Existe Dios al noroeste” (1990) o “Itziar. Elegía y otros poemas” (1992)

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En definitiva, visitar la obra de Jorge Oteiza en La Pedrera se convirtió en una experiencia única, en una nueva manera de entender el arte contemporáneo y, sobre todo, de conocer a un personaje de nuestra historia artística que, no sólo fue tan importante para la cultura vasca y la creación de sus elementos identitarios contemporáneos, sino que también nos dio a todos y a todas una lección sobre la honestidad, el arte y los objetivos personales inigualables.

 

Finalmente, ya para concluir, sólo decir que, si os animáis a visitar la exposición, os animo también a consultar o adquirir su catálogo, una obra esencial en vuestra repisa, no sólo por su diseño, realmente atractivo a imitación de esas cajas que tan importantes fueron para Oteiza, sino también, en especial, por su contenido.

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Para más información:

www.lapedrera.com/ca/exposicions/jorge-oteiza

One comment

  • Assum Cardona  

    M´agrada molt el teu blog, formalment em sembla molt visual i dinàmic, el contingut encara no el puc jutjar en la seva totalitat però pels títols i els índex, la proposta és molt interessant.
    L´article sobre Oteiza m´ha semblat molt entenedor i complert, ja només em falta visitar l´exposició.
    FELICITATS!!!!! per tot plegat, I A CONTINUAR….

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