Aproximación a la mujer medieval en el Museu Episcopal de Vic

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El Museu Episcopal de Vic, junto al MNAC, el Museu Frederic Marés y el Diocesà de Solsona, es uno de los más importantes de Catalunya en cuanto a arte medieval se refiere.

Y es que, con su larga trayectoria (fue fundado a finales del siglo XIX) y una colección en la cual podemos visualizar tanto el pasado de la ciudad, en tanto que una de las más destacadas de la Catalunya Vella, como de la Catalunya medieval en su conjunto, se trata también de un museo que, hace apenas pocos años, en 2002, fue renovado, incluyendo actualmente una museología nueva y más moderna. Es gracias a ésta que, a su vez, se convierte también en uno de los museos más activos a la hora de aplicar estrategias para hacernos llegar su colección, especialmente teniendo en cuenta de que la Edad Media es un periodo muy amplio, complejo de entender y no siempre atractivo para todos los públicos.

Es por ello que, aprovechando que las obras de una colección pueden ser leídas desde múltiples discursos, el Museo también nos las hace llegar desde distintas perspectivas. Una de ellas es, precisamente, la que pudimos conocer en motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, el fin de semana de los días 9 y 10 de marzo, momento en el cual pudimos experienciar su colección de arte románico y gótico de una manera diferente, conociendo sus protagonistas femeninas, esas que tantas veces han sido silenciadas por la propia historiografía a pesar del papel tan destacado que también han tenido en el transcurso de la historia, teniendo también una relevancia primordial en la sociedad de su momento.

Las visitas tenían una duración de una hora aproximadamente y, de una manera muy dinámica, incluso con material musical y lírico, nos acercaron de una manera resumida, dando pequeñas pinceladas pero muy profesionalmente, a todo este conjunto de mujeres pertenecientes tanto al mundo de la nobleza como al religioso, de las artes como de la sociedad laica de base; mujeres que forman parte también de nuestra historia, de nuestro patrimonio y que, poco a poco, entre todos y todas, tenemos la obligación, por ese mismo hecho, de irlas recuperando.

Os añado a continuación las cinco piezas de la colección permanente del Museu Episcopal de Vic que pudimos conocer, por sus vínculos con estas mujeres, a partir de la visita guiada de la cual disfrutamos en motivo del Día Internacional de la Mujer:

 

1) Sepulcro de Ermetruit (s.XII):

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Ermetruit era la vizcondesa de Osona-Cardona, una de esas tantas mujeres que gobernaron en los condados de Catalunya a pleno derecho, es decir, por el simple hecho de ser vizcondesas y no sólo a partir del fallecimiento de sus maridos. Participaban en juicios, eran mujeres políticas e, incluso, podían poseer propiedades y redactar sus propios testamentos, eligiendo qué hacer con sus posesiones y a quién dejárselas. De hecho, lejos de la posterior figura catalana del hereu, tenían derecho a recibir las mismas herencias que sus hermanos varones. Ello se debía a que era la ley goda (visigótica) la que regía todavía en esa época.

De este modo, podríamos afirmar que el siglo XII, con la llegada del feudalismo, marcó un antes y un después en el papel de estas mujeres que veían cómo, poco a poco, iban perdiendo su poder, cómo iba menguando su situación de privilegio, del mismo modo que también sucedía con otros ámbitos en los cuales la Iglesia iba adquiriendo una mayor preponderancia (sin ir más lejos, cabe recordar cómo los matrimonios homosexuales estaban permitidos dentro de la Iglesia, bajo la protección de San Juan Evangelista, en el primer periodo de la Edad Media y cómo, a partir de cierto momento, se prohibieron y vieron como algo pecaminoso). No obstante, a pesar de lo dicho, durante el primer feudalismo continuamos observando en determinados ámbitos cómo el papel de la mujer como madre, como ser creador, continúa siendo importante y prueba de esta afirmación son los juramentos de fidelidad en los cuales se especificaba el nombre de la madre de las dos partes como elemento legitimador pues, al fin y al cabo, nada es más legítimo y da mayor seguridad que la maternidad para sintetizar los lazos.

Además de Ermetruit, otras mujeres procedentes de la nobleza condal catalana son la reconocida Ermessenda de Carcassona, Arsenda d’Àger o Guinedilda de Cerdanya, la esposa de Guifré el Pilós, creadora del Casal de Barcelona y condesa en pleno derecho, que trabajó brazo a brazo con su marido, a pesar de que la Historia sólo nos haya dejado el nombre de él.

Si os apetece conocer más el papel de la mujer noble en Catalunya, Turisme de La Segarra escribió ya hace un tiempo una entrada en su blog sobre la presencia femenina en los castillos medievales de la comarca.

Estas mujeres podían decidir por ellas mismas e, incluso, escoger también qué hacer con su futuro. En este sentido, otra dama, en este caso no catalana, que no debemos olvidar es Hroswitha de Gandersheim (c. 935-1002), quien decidió entrar en un convento benedictino de Gandersheim (Baja Sajonia) por propia voluntad, sin hacerse monja, es decir, siguiendo como noble (procedía de una familia noble alemana), para poder escribir. Los primeros textos teatrales escritos en época medieval conocidos son de ella, de una mujer, algo que la historiografía, una vez más, silenció. Escribió seis comedias siguiendo el estilo de Virgilio, Horario, Ovidio, Plauto o Terencio, escritores clásicos que conoció en el convento, donde pudo estudiar con Rikkardis y Gerberg, siendo ésta última letrada hermana del emperador Otón I.

Grabado con un retrato imaginario de Hroswitha de Gandersheim (s. XVII)

 

La pieza:

Concretamente, este sepulcro procede del Monestir de Sant Pere de Casserres, monasterio benedictino fundado por lo vizcondes de Osona en el siglo XI.  Se encuentra en la colección de Lapidarios del Museo y se caracteriza por los dos pavos reales, símbolo de la Resurrección desde el primer Cristianismo, que flanquean la Cruz central.

Dado que en una ocasión tuve la oportunidad de visitar dicho monasterio, ubicado en un paisaje realmente enigmático y mágico, no me he podido estar de añadiros un par de fotografías que realicé en su momento.

 

2) Frontal de Santa Margarida de Vila-seca (s.XII):

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La mujer como Santa o Virgen es otra de las vertientes del papel de la mujer en época medieval a la cual la visita del Museu Episcopal de Vic nos acercó.

Para ello, nos mostraron el frontal de altar que cuenta la historia de esta santa del siglo IV procedente de Antioquía y que luchó como mártir en la implantación del Cristianismo. De hecho, el mensaje primordial de este punto de la visita, además de ver cómo una mujer sufría violencia por el simple hecho de ser mujer y rechazar a un hombre (Margarita, rechazada por su padre por ser cristiana, fue también maltratada por un hombre, Olimbrio, un prefecto romano con el cual se negó a desposarse), es ver cómo el primer Cristianismo, esa religión deudora de esas mujeres que después tanto infravaloró, se debe al papel que las patricias tuvieron en su desarrollo. Fueron ellas las que, principalmente, difundieron el Cristianismo en un momento en el que el mitraísmo parecía ser la religión que tenía más números de triunfar. El mitraísmo, finalmente, se vio superado por el Cristianismo, principalmente, debido al hecho (resumiendo, claro está, y no teniendo en cuenta otro elementos que también fueron decisivos) de que éste se vinculara al ejército, un espacio en el que la mujer, como hemos indicado, la principal vía de transmisión, no tenía lugar.

 

La pieza:

Este frontal del románico pleno catalán procede del convento de Santa Margarida de Vila-seca, en Sant Martí Sescorts (Osona). Llegó a Vic en el siglo XIV, debido al traslado de las monjas del convento a la capital.

Además de la Virgen con el Niño dentro de una mandorla, observamos en sus distintos compartimentos laterales las múltiples torturas por las cuales pasó la Santa. Las inscripciones que se esparcen por el retablo nos muestran los personajes principales de cada una de las escenas, entre las cuales encontramos los miles (soldados), los carnifices (verdugos) o los rrufo (demonios), entre otros.

El más destacado de estos momentos es, precisamente, el que le aporta el atributo que identifica a la Santa en los retablos, Rufus, un dragón que se la come y del cual consigue salir gracias al poder de la cruz, la cual usó para rasgar la piel del dragón y salir.

 

3) Vigas de un palacio gótico de Curiel de Duero / de los Ajos (Valladolid) (1386-1410):

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Se trata de la única pieza profana de estilo gótico que se conserva en el Museu Episcopal de Vic. Consta de tres vigas policromadas procedentes del artesonado de un palacio gótico de la provincia de Valladolid, que con sus distintas escenas cortesanas, nos aproxima a otro mundo femenino realmente fascinante, el de las trobairitz.

Y es que, si bien es cierto que conocemos algunos nombres masculinos dentro del mundo de los trovadores, a pesar de que fuesen perseguidos durante el siglo XIII en la cruzada contra los albigenses, como podrían ser Guillem de Berguedà o Cerverí de Girona, entre tantos otros, en pocas ocasiones, a no ser que tengamos un poco de curiosidad, se nos ha hablado de todas esas mujeres que también se dedicaban a la lírica cortesana y que no sólo procedían de Occitania, sino también de al-Andalus, donde escribían también jarchas dedicadas a sus habibis.

Eran mujeres pertenecientes a la nobleza y, a pesar de que no era fácil el desarrollo de su actividad, aunque cabe destacar que también tuvieron el reconocimiento de algunos hombres, hemos conservado de ellas más de 2500 textos, 45 canciones y al menos 20 nombres. Como en todo, no obstante, su imagen fue vista como libertina, fueron estigmatizadas progresivamente por la propia historiografía y olvidadas.

En sus poesías hablan de amor, un amor en el que se presentan como dominas, es decir, señoras, y en las cuales, incluso, crean mensajes de connotaciones eróticas y osados para la época. Éstas serían dos de las principales diferencias respecto a los trovadores, pero observamos en sus poesías otras, como serían el mensaje pesimista que nos hacen llegar o el tono crítico de sus palabras al verse relegadas por sus compañeros masculinos.

Como decíamos, se conocen algunos de los nombres de estas trobairitz. De hecho, durante la visita pudimos escuchar una de estas canciones y se nos leyó, incluso, un poema. Una de ellas es Beatriz, condesa de Dia (Provenza) (s.XII-XIII), hija de Isoart y casada con Guillermo de Poitiers. Sabemos poco de ella, sólo las siguientes palabras de una biografía que nos ha llegado:

La comtessa de Dia si fo moiller d’En Gilhem de Peiteu, bella domna e bona. Et enamoret se d’En Rambaut d’Aurenga, e fez de lui mantas bonas cansos

Una primera hipótesis se inclina en vincular este Guillem con Guillermo de Poitiers, conde de Viennois y personaje que vivió entre 1158 y 1189, contemporáneo, por tanto, a Raimbaut d’Aurenja, de quien se dice que estaba enamorada Beatriz. Un segundo argumento la hace esposa de Guillem de Poitiers, vasallo d’Ermengarda de Narbonne y documentado entre 1143 y 1477. Finalmente, si seguimos la genealogía de la casa de Dia, podría tratarse de Isoarda, fallecida entre 1212 y 1214. Ésta vivió cerca de Aurenja y podría haber sido amante del resobrino de Raimbaut d’Aurenja, de mismo nombre que éste.

Su canción A chantar m’er de so qu’eu no volria es la única pieza trovadoresca femenina cuya música sobrevive intacta.

 

Bieris de Romans (s.XIII) es otra trobairitz conocida. En este caso, la canción que nos ha llegado tiene la peculiaridad que procede de una mujer y se dirige a otra mujer, algo que, por el significado de su letra, podría ser una clara referencia lésbica pero que, sin embargo, también ha sido interpretado por algunos teóricos en clave mariana. No nos ha llegado ninguna referencia documental de ella, sólo su rúbrica en la única poesía que se ha conservado de ella, en la cual se indica Bieris de R., algo que se ha interpretado por Romans, de Romans-sûr-Isère.

Na Maria es el nombre de esta única canción conservada, la misma que pudimos escuchar en la visita del Museu Episcopal de Vic y que os dejo a continuación.

 

La pieza:

Como indicábamos, se trata de un conjunto de vigas de un artesonado, con escenas de caza y cortesanas, procedente del Castillo de los Estúñiga, fundado el 1410 por Diego López de Estúñiga, Justicia Mayor de Castilla. En 1777 la Casa de Béjar fue absorbida por la de Osuna, quien acabaría vendiendo el castillo en 1862 a Indalecio Martínez Alcubilla, quien, a su vez, donaría parte de sus piezas al Museo Arqueológico Nacional. No obstante, el castillo junto a otra parte de la colección fue comprado por el valenciano Rafael Yagüe.

Fue uno de los descendientes de esta última figura quien lo acabaría desmantelando y expoliando, obteniendo con él 38000 arrobas de leña. Dentro de este expolio se hallaba su decoración mudéjar y parte de los artesonados, motivo por el cual, actualmente, si bien es cierto que encontramos tres vigas en el Museu Episcopal de Vic, el resto del conjunto se encuentra disperso y repartido entre el Museo Arqueológico Nacional, el Alcázar de Segovia, la finca El Canto del Pico (Torrelodones, Madrid) y San Simón de California (Estados Unidos).

 

4) Retablo de Santa Clara de Vic (1414-1415):

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Se trata de una de las obras más impresionantes, especialmente por sus dimensiones, del Museu Episcopal de Vic; un retablo del gran maestro gótico Lluís Borrassà para el antiguo convento de Santa Clara de Vic, actualmente desaparecido. Es por ello que, tras él, observamos una clara advocación franciscana en la cual, lógicamente, encontramos referencias a sus comitentes, las monjas clarisas. Es por ello que en una de las tablas observamos sus retratos.

No obstante, una vez más, esta pieza nos sirve de excusa para conocer un poco más sobre esas mujeres medievales que la Historia nos ha invisibilizado. En este caso concreto, conocimos las beguinas, una congregación de mujeres que, a diferencia de las monjas clarisas del retablo que observábamos, viven la religiosidad de una manera laica, al margen de las órdenes masculinas y con sus propias normas. Podían vivir solas o en comunidad pero, fuese como fuera, este modelo de vida era para ellas una vía de escape ante un mundo que sólo esperaba de ellas que fuesen madres, monjas o prostitutas. Crearon, a partir de sus viajes, una gran red europea, abarcando gran parte de los reinos del momento, a pesar de que encontremos su mayor relevancia en el norte de Europa. No se constituían en conventos ni tenían jerarquías entre ellas y creían en el contacto místico con Dios sin necesidad del clero como intermediario.

En Catalunya, sin embargo, ya las encontramos con anterioridad bajo el nombre de neodevotas o neodedicadas, las cuales se dedicaban, del mismo modo que también hacían las beguinas europeas, a la vida contemplativa (escribían y explicaban su relación con Dios, en muchas ocasiones entendida de manera corporal e, incluso, erótica) y la activa, es decir, que se encontraban insertas en la sociedad y mantenían un papel activo en ella.

Un buen ejemplo en nuestro país de beatario es el que creó Brígida Terrer (s.XV), fundadora de las terreres de Barcelona. Vivía en la plaza de Santa Anna de Barcelona y era hija del caballero Francesc Terrer y nieta de Misser Pere Terrer, consejero y hombre de confianza de Pere el Cerimoniós. No eran nobles pero sí pertenecían a los ciutadans honrats. La familia tenía una casa cerca del Hospital de Santa Margarida dels Malalts (después llamado del Mesells o de Sant Llàtzer), destinado a leprosos. Fue esta casa la que donaron a Brígida como herencia en 1426 y, por tanto, lugar donde, junto a otras mujeres como Janeta Vicensa, Agnès Ortodona y Violant Terrera, ésta inició sus labores asistenciales, entre las cuales hallamos la de proteger a los más desfavorecidos y el entierro de los ahorcados, un trabajo que normalmente se repudiaba. También educaban las niñas pobres y expósitas del Hospital de la Santa Creu.

Dado que el Hospital de Santa Margarida no estaba lejos de la casa heredada, rápidamente se vincularon a él y, más concretamente, a las curas de sus leprosos, de aquí que, con el tiempo, ya tras la muerte de Brígida y la continuación del movimiento por parte de Caterina Ferré, pasasen a llamarse margaridòries. Vivían recluidas en la casa, aunque nunca fueron monjas, donde aplicaban la ley de la Orden de San Francisco. Con el tiempo, sin embargo, acabaron institucionalizándose y pasaron a ser jerónimas del convento de Sant Maties de Barcelona, primero localizado en la plaça del Pedró y, posteriormente hasta nuestros días, en Sant Gervasi de Cassoles. La actual Capella de Sant Llàtzer estaba anexa al hospital.

La capilla, además de su entrada principal a la plaça del Pedró, también conserva su pequeño ábside, encajonado entre los edificios modernos y compartiendo espacio con un campo de baloncesto. La imagen es bastante curiosa… ¡así que os animo a descubrirla por vosotros y vosotras mismas!  😉

Sant Maties tras la Setmana Tràgica

 

Las beguinas fueron también las primeras en traducir la Biblia al vernáculo por tal de asegurar la libre interpretación de las palabras de las Escrituras, algo por lo cual tampoco han pasado a la historia, conociendo especialmente el trabajo de Lutero en este aspecto. La primera en hacerlo fue Hadewijch de Amberes (s.XII), de la cual se conocen algunas poesías, cartas y experiencias místicas, entre las cuales destacan sus Visiones.

Otro nombre es el de Margery Kempe, una mujer emprendedora que, tras el fracaso de sus negocios vinculados con la cerveza y la muerte de algunos de sus 14 hijos, así como también cierto estado de locura en el cual tenía visiones, decidió hacerse beguina. Destaca por ser la escritora de la primera autobiografía en lengua inglesa, El Libro de Margery Kempe, algo que, nuevamente, nos ha pasado desapercibido durante años. En él redacta su vida desde su juventud, explica sus experiencias místicas y constantes peregrinaciones por Europa y Tierra Santa.

Muchas de estas mujeres fueron quemadas en la hoguera por el simple hecho de ser autónomas y de conseguir cada vez más autoridad. Un ejemplo de beguinas juzgadas es el de Margarita Porete (condenada a la hoguera en 1310), cuya obra fue considerada herética.

Retrato de Robert Campin (1435) en la National Gallery de Londres usado también para la poetisa María de Francia

 

Estos movimientos, como ocurrió con el caso de las terreres pasando a ser jerónimas, fueron institucionalizados con el fin de controlarlos, a lo que muchas de estas mujeres se negaron, como sería el caso de la beguina mallorquina Elisabet Sifré (s.XVI), que al negarse acabó fundando una casa asistencial para niñas.

Finalmente, cabe tener en cuenta también que muchas de estas mujeres, como hemos indicado en el caso de Terrer, procedían de familias bienestantes. De este modo, dado que no renunciaban a sus propiedades, podían mantener un ritmo de vida que, de otro modo, quizá no sería posible compaginarlo con su labor.

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La pieza:

Este gran retablo franciscano que nos ha servido como punto de inicio para hablar de las beguinas y de esas mujeres que, como Brígida Terrer, bajo la regla del tercer orden franciscano, intentaban compaginar una cierta libertad con la labor asistencial, es obra de Lluís Borrassà, miembro de una gran estirpe de pintores de origen gerundense que trabajaron entre los siglos XIV y XV. Concretamente, Lluís Borrassà tenía un taller en Barcelona, uno de los obradores más importantes de la ciudad que reemplazarían la labor de los hermanos Serra.

El Museu Episcopal de Vic conserva la colección más destacada de obras de Lluís Borrassà. De hecho, este retablo dedicado a Santa Clara, procedente de las Clarisas de Vic, se considera la obra más importante del artista, además de una de las obras maestras de la pintura europea del Primer Gótico Internacional. Se halla en la colección desde que el Bisbe Morgades la adquirió de cara a la creación del Museu Episcopal de Vic.

El retablo se encuentra documentado, puesto que se conserva el ápoca final, con fecha del 27 de julio de 1415, en la cual se notifica que Borrassà cobró 200 florines de oro, sin contar la marquetería.

Dado que se trata de un retablo franciscano, observamos en el centro la escena de San Francisco, entronizado con la herida abierta, dando la Regla a Santa Clara, patrona de las comitentes, y a los frailes. Otra de las tablas nos muestra la triple advocación del retablo con las figuras de San Miguel Arcángel, la Virgen de la Esperanza y Santa Clara, cada una de ellas vinculada a uno de los votos de la Orden, el de la obediencia, la castidad y la pobreza.

Por otro lado, como mensaje general, observamos la importancia de destacar el poder de los franciscanos y los dominicos, las dos grandes órdenes mendicantes, ante la salvación humana y la prédica del Evangelio.

 

5) Retablo de Verdú (1432-1434):

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Finalmente, pasamos a otra de las obras más destacadas del Museu Episcopal de Vic, el retablo de Verdú, obra de Jaume Ferrer II (hijo de Jaume Ferrer I y autor del retablo conservado en el interior de La Paeria de Lleida), procedente de la iglesia parroquial de Santa Maria de Verdú (Urgell). Consta de distintas tablas fragmentadas en las cuales observamos diferentes escenas de la vida de la Virgen, configuradas con un alto realismo psicológico y a partir de arquitecturas espaciales que ayudan a jugar con la profundidad y que bien nos remitirían a las miniaturas de los manuscritos europeos.

En una de estas escenas, hallamos un elemento que, además de sorprendente a primera vista, nos introduce a otro tipo de mujer que encontrábamos en época medieval. Se trata del episodio de la Huida a Egipto, una escena en la que, además de San José, la Virgen María y el niño Jesús, observamos una cuarta figura que los acompaña: una de las comadronas o parteras (Salomé o Zelomi) que, según textos apócrifos y, concretamente, el protoevangelio de Santiago, asistieron a la Virgen durante su parto.

No se trata de un tema extraño, puesto que en distintas obras ya del románico lo encontramos. No obstante, en otras ocasiones puede hacernos confundir con Hanna, la profeta, que si bien es cierto que acostumbra a verse representada en temas como la Anunciación o la Presentación al Templo, en San Isidoro de León, por ejemplo, la encontramos también en el tema de la Huida a Egipto.

En Natividades como las de Robert Campin también se encuentra presente la figura de las comadronas.

 

Fueron muchas las mujeres que trabajaban como comadronas, sanadoras o médicas. Gran parte de ellas eran judías e, incluso, atendían a reinas y reyes, como sería el caso de Bonanada (s.XIV), quien trabajó para Joan I, siendo comadrona oficial de Violant de Bar e, incluso, ayudando a nacer al futuro rey Fernando de Antequera al ser comadrona de Leonor de Castilla. También trabajó para Leonor de Sicilia y para distintos monarcas del Reino de Castilla. De hecho, se conserva incluso algún documento con el cual un monarca la recomienda a otro.

Ejemplo de ello es una carta de 1373 escrita por Pere el Cerimoniós, dirigida a su hijo Joan, donde el monarca pide a su hijo que libere a Bonanada, acusada de causar la muerte de su prometida Joana de Valois, infanta de Francia, fallecida en Béziers en el trayecto hacia Perpiñán, lugar en el cual se iban a celebrar las nupcias con Joan. ¿Los motivos que usaba el rey para convencer a su hijo? Unos de obvios, dado que Bonanada se encontraba en Valencia en el momento de la muerte de la infanta, siendo imposible, obviamente, que fuese ella la causante.

Al día siguiente, Leonor de Sicilia pidió también a su hijo, como ya había hecho su esposo, la liberación de Bonanada, manifestando su plena confianza en ella. El motivo era también la necesidad de que la comadrona asistiese el parto de Joana d’Empúries, hermana de Joan. Finalmente, Bonanada fue absuelta. Años más tarde, sería el propio Joan quien la necesitaría en el parto de su esposa, Violand de Bar. De hecho, fue la misma reina quien pidió los servicios de Bonanada, negándose al servicio de otras comadronas recomendadas por su madre, María de Francia. Bonanada iba donde fuese Violant de Bar, motivo por el cual asistió a cada uno de sus partos.

Mayormente, estas mujeres, trabajando con permiso real, se dedicaron a temas tocoginecológicos, de ahí que también redactasen tratados vinculados a esta rama de la medicina e, incluso, de la cosmética, es decir, tratados vinculados a las principales preocupaciones de las mujeres del momento, entre los cuales destacan también los de temática erótica y aquellos vinculados al embarazo. Estos tratados tenían una base científica y recomendaban prácticas de distinta índole pero siempre vinculadas a la química. De este modo, por ejemplo, en el caso de la cosmética, recomendaban unas pastillas de calcio para dar un aspecto más blanco a la tez, así como también cómo conseguir unas mejillas más sonrosadas. En cuanto a depilación, destacan los huevos de hormiga (aliviaban el dolor) y el arsénico.

Una vez más, sin embargo, estas mujeres fueron objeto de la autoridad patriarcal. Así, mientras que algunas fueron confundidas por hombres, puesto que se creía que este tipo de tratados más científicos no podía proceder de ellas, como sería el caso de Trota de Salerno (s.XII) (llegó a ser profesora de medicina en la Escuela Médica Salernitana, el primer centro médico independiente de la Iglesia, y además de escribir distintas obras de índole médica, junto a su esposo también colaboró en la redacción de la Encyclopaedia regimen sanitatis; podéis saber más de ella en esta entrada que encontré por Internet), otras sufrieron más directamente sus consecuencias. Así, por un lado, se aprovechó la regulación de la práctica médica en el siglo XIV para depurarlas y, por otro, para acusarlas de brujas,dado que usaban prácticas medicinales ancestrales, basadas en las hierbas medicinales, que transmitían de madres a hijas, de generación en generación, para sanar a sus enfermos.

Un ejemplo de este último hecho sería Gueraula de Codines (1275-1340), una curandera, reconocida con autoridad médica, procedente de Vilafranca del Penedès. Aprendió sus conocimientos con un médico árabeEn Bofim, y sus prácticas se basaban en la observación de la orina, a partir de la cual trataba distintas enfermedades. En la época, no obstante, fue vista como un peligro y la acusaron de envenenadora y bruja. Fue el Obispo de Barcelona quien la juzgó y determinó que no podía pronunciar ningún conjuro o recomendación médica. Además, tenía que permanecer algunos domingos, así como también en Navidad, Fin de Año y Epifanía, de pie y sin capa junto al cura durante la misa mayor y declarar ante todo el pueblo que ella no sabía nada de medicina y que ninguna persona tenía que acudir a ella bajo amenaza de excomunión. Como castigo, la obligaron también peregrinar a Montserrat y a no pronunciar el Padrenuestro y el Ave María durante un año.

En 1307, se presentó ella misma ante el obispo por propia voluntad y manifestó su capacidad como curandera, explicando cómo curaba las tisis y aconsejaba a los enfermos a partir de sus aprendizajes durante 30 años del médico árabe en Vilafranca del Penedès. El obispo se quiso informar con dos médicos de Barcelona sobre todo lo que contaba y éstos determinaron una valoración positiva, motivo por el cual, finalmente, se consintió que Gueraula continuara practicando la medicina con una licencia parcial con la cual sólo podía observar, diagnosticar y dar consejo sin conjuros ni medicamentos. Ella, no obstante, continuará ejerciendo a pleno derecho, motivo por el cual en 1328 la ley fue más dura, con pena de prisión por reincidente que, finalmente, bajo fianza de 500 sueldos, supuso su libertad. Pasaría posteriormente al Inquisidor pero no tenemos constancia del veredicto final.

 

La pieza:

Se trata de un conjunto de doce tablas que conformaban un mismo retablo, el retablo mayor de Santa Maria de Verdú, actualmente fragmentado, motivo por el cual las podemos observar por separado en una misma sala monográfica.

Este retablo, además de la vida de la Virgen, nos muestra todo un conjunto de detalles y pequeñas escenas cotidianas. Un ejemplo sería el collar de coral que lleva el niño Jesús en la Epifanía, una especie de amuleto que se ponía a los niños de la época como protección.

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El Museu Episcopal de Vic

El Museu Episcopal de Vic, como hemos indicado en un momento de nuestra entrada, tiene sus orígenes en el año 1891, momento en que el Bisbe Josep Morgades i Gili, a partir del trabajo e iniciativa de un grupo de intelectuales y clérigos de Vic, muy vinculados al movimiento de la Renaixença y a la recuperación del patrimonio artístico catalán, lo inauguró.

Antes, sin embargo, ya se llevaron a cabo iniciativas que servirían de embrión al nuevo Museo, como, por ejemplo, la Exposició Arqueològica Artística d’Art Retrospectiu de 1868, organizada por el Cercle Literari, o el descubrimiento del Templo Romano de Vic en el año 1882, lo que conllevó la creación de la Societat Arqueològica de Vic y un Museu Lapidari que, finalmente, daría a la colección Lapidari que destacábamos en la pieza de Ermetruit.

Podéis descubrir la historia completa del Museo en su página web. No obstante, me gustaría remarcar en este punto de la entrada una figura que tuvo una relevancia destacada en su historia y, en especial, en la del arte medieval catalán, pues también fue teórico e investigador (a pesar de que con él muchas piezas saliesen de Catalunya y las encontremos actualmente en colecciones privadas o en los Estados Unidos). Se trata de Mossèn Gudiol, conservador del Museo entre 1898 y 1931, que se encargaría de toda la clasificación de la colección, especialmente a partir de su publicación Nocions d’Arqueologia Sagrada Catalana (1902), donde establecería los criterios de clasificación de las artes, el primer estudio científico sobre museología en Catalunya y que sirvió de manual para el resto de museos diocesanos.

 

En cuanto a piezas, una de las más destacadas, además de sus múltiples frontales de altar o retablos, es su Davallament d’Erill la Vall, conservado casi en su totalidad en el Museu Episcopal de Vic (Cristo, Nicodemo, José de Arimatea, Dimas y Gestes), faltándole sólo dos de sus personajes, la Virgen María y San Juan Evangelista, expuestos en la colección permanente el MNAC (sólo en una ocasión, en el año 2002, estuvieron todas las piezas del conjunto reagrupadas y expuestas al completo, en motivo del depósito de las piezas del MNAC durante un mes en el Museu Episcopal de Vic).

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Este descendimiento fue descubierto en una habitación en 1907 por la expedición científica del Institut d’Estudis Catalans, dentro de la cual se hallaba Josep Puig i Cadafalch, el fotógrafo Adolf Mas y el conservador del Museu Episcopal de Vic Mossèn Gudiol. Al entrar dicho grupo escultórico en el comercio de antigüedades, éste se dispersó, de ahí que actualmente lo conservemos entre dos museos: el de Vic recuperó las cinco figuras en 1911 y el MNAC las dos restantes en 1932, cuando la Junta de Museo de Barcelona las adquirió a Lluís Plandiura.

Recordemos que, como su nombre indica, originalmente se hallaba en Erill la Vall, en la Vall de Boí. Actualmente, se expone en dicha iglesia una réplica; ésta, concretamente, se encuentra en la viga con el fin de dar conocer su relevancia dentro de la liturgia medieval. De la misma manera que ocurría en Sant Joan de les Abadesses, único lugar donde encontramos este tipo de piezas en su contexto original, se trataba de un grupo escultórico escenográfico que, especialmente en Semana Santa, adquiría un significado muy especial.

Muchos de esos descendimientos, a partir de las premisas del Concilio de Trento, fueron enterrados o quemados (sus cenizas eran enterradas también); otros se reconvirtieron en simples Cristos crucificados. Como hemos indicado, sin embargo, el de Erill la Vall fue salvado al ser escondido en una habitación y el de Sant Joan de les Abadesses aún podemos disfrutarlo en la iglesia que lo acoge desde época medieval por el simple hecho de que en su interior se hallaron varias reliquias, una Sagrada Forma en la frente del Cristo y distintas hostias consagradas en un reconditorio entre sus hombros. De este modo, contra este descubrimiento Trento no pudo hacer nada y se le renovó el culto, conservándolo hasta nuestros días como una imagen más a venerar.

 

El Museu Episcopal de Vic, desde hace más de 100 años, pues, conserva y expone un patrimonio realmente importante de nuestro país, aquel que explica de dónde venimos y que se remonta a la Historia de los inicios de Catalunya, a esa época de condados. No obstante, especialmente a raíz de su renovación, es también un lugar vivo, una institución que a partir de sus distintas actividades, no sólo nos hace llegar su colección, sino que también nos la hace experienciar desde distintas perspectivas.

De este modo, además de visitas guiadas llevadas a cabo desde otras lecturas, como podría ser la que hemos presentado en la entrada de hoy, también organiza actividades de otra índole, entre las cuales me gustaría mencionar el programa Vic. Cultura i Alzheimer, un proyecto creado junto a la Universitat de Vic y el CCCB que, a partir de la cultura, pretende trabajar por la mejora del bienestar de personas con demencia.

A través de las redes sociales, también nos permite conocer su colección desde casa. Ejemplos serían la Obra de la Semana, que semanalmente nos presentan, o los distintos vídeos que podemos encontrar en su canal de Youtube. También han creado una aplicación de móvil y el programa El meu MEV que permiten crear nuestros propios recorridos por el Museo y compartirlos con otros usuarios.

Podéis saber más sobre el Museo y sus actividades, publicaciones y demás, aquí.

Pequeño paseo postvisita con coca de anís de Vic de la Pastisseria Sant Antoni incluida

 

Con este ejemplo del Museu Episcopal de Vic, pues, observamos cómo la cultura se va haciendo más accesible, más adaptada a las nuevas tendencias pero también a las nuevas generaciones; unas generaciones que, además de por la tecnología, también se preocupan por quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Las mujeres, como no podía ser de otro modo, se encuentran en este nuevo propósito, en esta nueva manera de entender nuestra cultura y patrimonio, motivo por el cual, especialmente teniendo en consideración que se trataba del Día Internacional de la Mujer, no estaba de más recordarlas en esta visita.

No obstante, a pesar de que estas iniciativas sean realmente enriquecedoras e interesantes, esperemos que, progresivamente, las mujeres dejen también de tener un espacio específico para hablar de ellas y que, en nuestro día a día, en nuestras universidades, en nuestras visitas guiadas a cualquier institución, se tengan en consideración entre los hombres, entre todos esos personajes masculinos de los cuales sí se habla habitualmente y que durante tanto tiempo han silenciado a sus compañeras femeninas.

 

Para más información:

www.museuepiscopalvic.com

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