El binomio de Ramon de Montaner y Lluís Domènech i Montaner en Barcelona

Lluís Domènech i Montaner por Ramon Casas

 

¡Regresamos al fantástico mundo de Lluís Domènech i Montaner!

En esta ocasión, concretamente, nos acercamos a la obra de sus inicios, a aquella primera obra de un joven arquitecto que aún se encuentra vinculado a encargos de tipo familiar y al que fue su primer mecenas y tío, Ramon de Montaner, quien también le encargaría la reforma del Castell de Santa Florentina de Canet de Mar (podéis encontrar aquí la entrada que le dedicamos en La Bcn Que Me Gusta). De hecho, de este periodo ya hablamos hace un tiempo, en motivo de nuestra visita a Canet de Mar precisamente y a la Casa Roura, encargo también de una tía de la esposa del arquitecto, en cuyo interior hallamos muchos de los elementos que también se pueden encontrar en unos de los protagonistas de la entrada de hoy (podéis encontrar la entrada aquí).

De Lluís Domènech i Montaner también tuvimos ocasión de visitar la Casa Navàs y el Institut Pere Mata de Reus. Podéis encontrar las correspondientes entradas que les dedicamos en La Bcn Que Me Gusta aquí y aquí.

Ramon de Montaner, previamente al Castell de Santa Florentina, ya encargó a Lluís Domènech i Montaner dos trabajos en Barcelona, las dos construcciones que me gustaría presentaros en la entrada de hoy y que, junto a una tercera obra del arquitecto modernista, no dirigida en este caso a su tío pero sí vinculada a él, se unen en forma de ruta, en forma de un triángulo domenequiano fácil de recorrer por sus cortas distancias, aunque no fácil de acceder debido a las actuales funciones que acogen dichas construcciones.

¿El hilo de unión de estas tres obras de Lluís Domènech i Montaner? Aparte de la figura de Ramon de Montaner, el mundo de las imprentas y editoriales

¿Los tres puntos de la ruta? El Palau Montaner (actual Delegación del Gobierno en Catalunya), la Editorial Montaner i Simon (actual Fundació Tàpies) y la Casa Thomas (actual Casa Cubiñà)

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Inscripción en la fachada de la Editorial Montaner i Simon, propiedad de Ramon de Montaner

 

La Fundació Antoni Tàpies, como entidad acogida en una de estas tres arquitecturas, es la organizadora de esta ruta que nos permitió, no sólo conocer el papel de Ramon de Montaner en el desarrollo de Lluís Domènech i Montaner como arquitecto, sino también entrar en un espacio que, normalmente, por temas de seguridad, permanece cerrado al público, aunque cada vez son más las ocasiones en las cuales se permite el acceso a él, la actual Delegación del Gobierno de España en Catalunya. Así pues, a pesar de que las explicaciones dadas eran un poco flojas, el simple hecho de poder entrar en un espacio como éste ya hizo que mereciese la pena la visita.

El CEDIM (Centre d’Estudis Domènech i Montaner), entidad especializada en Lluís Domènech i Montaner, con Historiadores e Historiadores del Arte dentro de ella y de la cual ya hemos hablado en más de una ocasión puesto que, no sólo hemos asistido a algunas de sus visitas, sino también a conferencias, organiza actualmente una ruta parecida (primer sábado de mes, 10eurs) que además incluye visita a la Casa Lamadrid, a la antigua Farmàcia Duran i España y a la Casa Lleó Morera. En algunos de los edificios se accede a su interior, pero desconozco cuáles.

 

Editorial Montaner i Simon

Empecemos por el primer punto de la ruta, la Editorial Montaner i Simon, un pequeño reducto industrial del pasado que se ha conservado entre edificios más altos que él y en plena ebullición de la calle de Aragón, intentando sobrevivir a los cambios que lo rodean.

Actualmente, como mencionábamos, acoge la Fundació Antoni Tàpies en su interior, pero durante mucho tiempo fue una de las editoriales de más renombre y modernas de Catalunya y, sobre todo, de las que apostó por libros que, además de una función literaria, fuesen también verdaderas obras de arte con sus ilustraciones, maquetación y materiales. De hecho, tal era su importancia que llegó a tener hasta 14 sucursales en América del Sur, donde tenía comprados distintos bosques e, incluso, consiguió subsistir la Guerra Civil y la dictadura, no cerrando sus puertas hasta 1981 (durante un tiempo, a partir de los años 50, sin embargo, la parte inferior del edificio pasó a formar parte de Ediciones Ariel). Escritores como Pere Calders o Josep Soler Vidal pasaron por ella.

Una de las obras literarias más destacadas que publicó la Editorial fue la Historia General del Arte, una colección de 8 volúmenes que, bajo la dirección de Lluís Domènech i Montaner y Josep Puig i Cadafalch (los dos ideólogos también participaron en algunos de sus tomos), por la ideología que había tras ella y sus principios, se convirtió en un verdadero ejemplar de culto. De hecho, en ella se trataban, incluso, ámbitos del arte no considerados como tal en el momento, como serían la indumentaria o las artes decorativas, dejando una proporción extraña, destinando sólo tres volúmenes, a las artes clásicas de la Arquitectura, la Pintura y la Escultura.

Esta obra magna se encontraba también muy adaptada a los estudiantes de Bellas Artes del momento, no sólo por los conocimientos que se impartían en ella, sino también por la manera en que era comercializada, pudiéndose comprar los libros por separado según intereses.

La podéis encontrar completamente digitalizada aquí.

Otras colecciones de interés de la Editorial Montaner i Simon son la Biblioteca Universal Ilustrada, la Ilustración Artística o el Salón de Moda, así como el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Ciencias, Artes y Literatura, entre otros. Es decir, que muchas de sus producciones eran enciclopedias, volúmenes que se compraban por fascículos y que supusieron también un cambio en la manera de entender la literatura y la cultura en general.

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La editorial se inauguró en 1861 de la mano de dos socios y amigos, Ramon de Montaner y Francesc Simon, aunque el edificio, la nueva sede, no se construiría hasta 1880 y no entraría en funcionamiento pleno hasta 1883. Ésta sería el primer gran encargo de Lluís Domènech i Montaner, dentro, como decíamos, de esos primeros encargos familiares que recibió, pero no sólo eso, pues también representó la irrupción de la arquitectura modernista con la racionalización de los recursos lumínicos y de distribución del espacio. Por otro lado, con este trabajo también se inició el camino hacia la armonía de la obra total wagneriana que tan importante fue en el Modernismo y, concretamente, en la obra del arquitecto modernista, a través del equilibrio visual, artístico y simbólico.

Ramon de Montaner entró a trabajar, tras la muerte de su padre, en el taller de la editorial de su cuñado, Pere Domènech (padre de Lluís Domènech i Montaner), donde aprendió sobre la técnica de la encuadernación y la tipografía. Los años en el taller le permitieron, finalmente, poder abrir su propia editorial asociándose, como decíamos, con el mallorquín Francesc Simon. Primeramente, editaban obras en fascículos, pero rápidamente pasaron a la publicación de enciclopedias, diccionarios y ediciones de lujo para la burguesía del momento, interesada en llenar sus bibliotecas con libros ostentosos y de calidad. Así es cómo, poco a poco, se convirtió en una de las editoriales más importantes del país y la familia Montaner en una de las más adineradas, una familia que, incluso, acabó consiguiendo un título nobiliario.

Inicialmente, la Editorial Montaner i Simón se ubicaba en la calle de la Comtessa Sobradiel, después se trasladó a la Rambla de Catalunya y, posteriormente, a la Plaça de Catalunya. En 1879, los dos socios decidieron comprar dos solares en la Dreta de l’Eixample para construir un nuevo edificio que ampliase su negocio. Es en este momento, pues, que aparece la figura de Lluís Domènech i Montaner como arquitecto e iniciamos nuestro recorrido como tal.

Dado que se trata de una obra del primer Lluís Domènech i Montaner, es decir, de una obra de juventud, encontramos en él aún rasgos muy académicos, aunque ya empezamos a percibir elementos que nos encaminan hacia obras posteriores. Se trata de un edificio de tres plantas completamente habilitado para su uso industrial, pero con una cierta calidad de trabajo, de ahí que la luz natural sea tan importante en el conjunto, así como ese gran patio cubierto, siguiendo la tradición mediterránea, que vertebra el edificio y que volvemos a encontrar en la Casa Thomas, como veremos más adelante. De este modo, el interior se plantea como un espacio diáfano a partir de una estructura de columnas de hierro colado y bigas continuas de hierro (el mismo hierro que tanta relevancia adquirirá a partir de la arquitectura del hierro, contemporánea a Gustave Eiffel y que en Barcelona encontramos, por ejemplo, en mercados, estaciones y pasajes de la mano de Joan Torras i Guardiola), proyectada alrededor de este gran lucernario que permite la luz cenital a todas las plantas. Todo ello aporta una gran  libertad espacial.

 

La luz también tendrá su fuente de entrada desde la fachada, completamente de ladrillo, ese material recuperado de la tradición arquitectónica mudéjar y medieval y que tanta relevancia tendrá en la arquitectura modernista. En la entrada también hay una claraboya que ilumina la zona más alejada del lucernario.

 

En la planta principal es donde se ubicaban lo despachos, oficinas de administración y contabilidad, separados todos ellos por mamparas de madera, hierro y vidrio, mientras que, al lado posterior de la planta, se hallaba el gran almacén de libros para el cual el arquitecto diseñó expresamente una estructura de estanterías de casi 6m de altura, desde donde se empaquetaban y se servían los pedidos a todo el Estado y América Latina. La actual biblioteca de la Fundació Tàpies se encuentra precisamente en este espacio.

Este trabajo de carpintería, el cual recuperaremos en la Casa Thomas, es el mismo que con el tiempo desarrollará y convertirá el arquitecto en un gran director de orquesta de todas las artes aplicadas, es decir, que como mencionábamos, ya empezamos a entrever algunos de los elementos que años más tarde ya serán recurrentes en la obra de Lluís Domènech i Montaner.

 

El subterráneo estaba destinado a la maquinaria de impresión, a la composición tipográfica, encuadernación y acabados y almacén de papel. Por su parte, la planta primera se concibe con unas dimensiones más pequeñas que el piso principal y es donde distribuyen los despachos y espacios privados.

La fachada, por su parte, es otro de los elementos destacados del conjunto. La simetría, elemento aún muy académico, se encuentra todavía muy presente; así, el edificio queda divido verticalmente a partir de 8 pilares de estilo mudéjar que sustentan la estructura de la fachada. Aparte, es el propio paramento el que nos proyecta los tres niveles de altura de la propia construcción (semisubterráneo, planta principal y primer piso), de manera que desde fuera podemos percibir la organización interior del edificio, del mismo modo que en la academia y la arquitectura tradicional ocurría, lo que nos demuestra, como comentábamos, que el primer Lluís Domènech i Montaner aún se encontraba muy ligado a esta tradición académica. No obstante, la existencia de almenas en la parte superior ya nos hace entrever esa inspiración medieval tan propia del primer modernismo.

Un gran arco de medio punto nos da acceso al edificio, mientras que de las 6 ventanas arqueadas, dos dan acceso al subterráneo, ideal para los proveedores. Del mismo modo que encontraremos en la Casa Thomas (en el Palau de la Música o la Casa Fuster también lo hará), el arquitecto eleva el nivel de la planta baja con el fin de poder hacer pasar la luz natural al subterráneo.

 

Como mencionábamos, el ladrillo es uno de los materiales más destacados de la fachada (vimos ya en la Casa Roura su importancia como elemento recuperado del arte medieval y mudéjar), pero en ella también encontramos otros como el hierro o la piedra. En el primer caso, cabe mencionar el trabajo de hierro forjado que da como resultado balconadas en el coronamiento del edificio, pero también en la parte baja un sintetizado caduceo, uno de los atributos del dios Hermes por excelencia y que nos vincula con dos de las disciplinas de las cuales es protector y que tienen también un papel relevante en la actividad de la Editorial, del Comercio y las Artes.

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Por su lado, en la escultura, además del nombre de la editorial labrado, cuya fotografía os he añadido antes, encontramos también un conjunto escultórico que, en primer lugar, incluye los bustos de Dante, Milton y Cervantes, en homenaje a los autores clásicos que publicaba la Editorial. Todos ellos están realizados por Rossend Nobas, gran escultor del momento junto a los hermanos Llimona. Intercalados, encontramos cuatro placas donde aparecen los nombres de los autores Conrad Malte-Brun, Modesto Lafuente y Pietro Angelo Secchi (la última placa se dejó en blanco en el momento de la construcción del edificio, aunque también podría ser que se hubiese perdido por algún motivo que desconocemos), cuyas obras la Editorial había publicado, casualmente, durante la construcción del edificio: Geografía Universal, Historia General de España y El telescopio moderno, respectivamente.

Detalles de la fachada extraídos de Internet (autoría Joan Palau)

 

Corona el conjunto un ángel trompetero, el encargado de anunciar las novedades editoriales (recurso que Lluís Domènech i Montaner ya había utilizado en la portada de un libro de poesía catalana en 1878), localizado sobre un elmo que evoca el pasado glorioso de Catalunya.

Detalles de la fachada extraídos de Internet (autoría Joan Palau)

 

En definitiva, en la fachada de la Editorial observamos cómo se usa el recurso del pasado medieval para aplicar también símbolos de la Renaixença, acercándonos, así, al primer modernismo. El Ave Fénix que encontramos sobre la rueda dentada central (las tres ruedas dentadas nos vinculan con el impulso industrial que representa también la Editorial), localizada bajo el conjunto de los autores antes mencionados, también adquiriría este significado, tal y como volveremos a encontrar en las otras dos obras arquitectónicas de las cuales hablaremos en esta entrada. El Ave Fénix, además, aparecía también en el monograma de la editorial, junto a dos alegorías que sostienen un compás y un libro, símbolo del trabajo y el conocimiento.

Detalles de la fachada extraídos de Internet (autoría Joan Palau)

 

En conclusión, observamos cómo la Editorial, finalmente, adquiere una apariencia de castillo medieval, algo tan propio de la Renaixença y de este primer modernismo que busca un estilo nacional con el cual el pueblo catalán se pueda identificar. De este modo, a pesar de que determinados elementos aún nos vinculen a la arquitectura clásica y académica, hallamos ciertas modificaciones respecto al proyecto original que ya nos permiten entrever que el arquitecto se dirige hacia otro tipo de arquitectura, más vinculada al ideal que empezaba a forjar a partir de su popular escrito En busca de una arquitectura nacional.

Detalles de la fachada extraídos de Internet (autoría Joan Palau)

 

El Palau Montaner

El segundo punto de este triángulo domenequiano vinculado a Ramon de Montaner es la residencia del comitente y tío del arquitecto, el Palau Montaner, actual Delegación del Gobierno de España en Catalunya.

Ramon de Montaner, además de socio de Francesc Simon, era también amigo, motivo por el cual sus residencias en Barcelona se encontraban una al lado de la otra, en los mismos terrenos (equivalentes a toda una manzana), convirtiéndose en unas de las primeras construcciones del primer Eixample, ese Eixample que también vimos en el cercano Palauet Casades (le dedicamos también una entrada en motivo de nuestra visita) o la Casa Boada (actual Cotton House Hotel, cuya entrada la encontraréis también aquí). De hecho, no sólo compartían terrenos, sino también jardín, un jardín en el que, incluso, tenían pistas de tenis.

En esta ocasión, Lluís Domènech i Montaner llevaría a cabo la continuación de un proyecto ya iniciado por un arquitecto precedente, no la construcción de una arquitectura de nueva obra, como ocurría en el caso de la Editorial Montaner i Simon. Concretamente, su trabajo vendría determinado, teniendo que adaptar sus ideas a la construcción ya existente, por el proyecto de Josep Domènech i Estapà, arquitecto que también trabajaría en el Palau Simon, edificación que sí llegaría a finalizar, a diferencia del Palau Montaner, pero que el tiempo ha hecho que no la hayamos podido conservar, siendo actualmente un gran edificio de oficinas

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El proyecto del Palau Montaner sería traspasado a Lluís Domènech i Montaner en 1891, quien lo finalizaría en 1895. A diferencia del Palau Simon, el Palau Montaner, afortunadamente, tuvo distinta suerte. Así, aún siendo propiedad de la heredera de la familia Montaner-Capmany, fue alquilado por el Instituto Balmes hasta que éste consiguió tener una sede propia en la calle de Pau Claris (1936-1942). Posteriormente, pasaría por las manos de Álvaro Muñoz-Ramonet, hermano del famoso magnate y ladrón, quien lo compraría a Júlia Montaner y, finalmente, lo vendería en 1951 al Gobernador Civil, en nombre de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS por 5.025.000 pesetas. Es desde ese momento que el Palau Montaner pasó a ser la Jefatura Provincial del Movimiento y, finalmente, la actual Delegación del Gobierno en Catalunya.

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Lluís Domènech i Montaner disponía de plena libertad creativa tras contentar a su tío en la Editorial Montaner i Simon y, en consecuencia, un presupuesto ilimitado para la reforma de la que sería la residencia habitual de la familia Montaner (cuando Florentina, la esposa de Ramon Montaner, murió, la familia se trasladó a Canet de Mar), de ahí que el inmueble no sólo se convirtiese en un gran palacio con todo tipo de lujos propios de alguien del  estatus de sus propietarios, sino también en un gran despliegue de las artes aplicadas, en el cual trabajaron gran parte de los colaboradores más habituales del arquitecto, tanto en escultura como mosaico, vidrio o pintura, con nombres como Antoni Rigalt, Eusebi Arnau, Gaspar Homar, Antoni M. Gallissà, Lluís Bru, Geroni Boltas, Banaset i Deulofeu y Francisco Tiestos. Tal fue el complejo trabajo realizado que las obras de construcción tuvieron una duración de unos dos años, mientras que las de decoración alcanzaron los 5 años. Se trabajó incluso con pan de oro.

Todo ello forma parte de nuestra visita; lo que, sin embargo, no se puede observar son todos esos tapices, lámparas, muebles… que la familia se acabó llevando a Canet de Mar.

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Una gran escalinata imperial, con cuatro cariátides con sus correspondientes ofrendas, algo que se repite en Canet de Mar, nos da la bienvenida, simbolizando a su vez la hospitalidad. La primera de ellas, la de la izquierda, nos ofrece la sal y la de la derecha, el pan, mientras que las dos centrales sostienen el agua y el vino.

 

Pero, no sólo eso, y es que la luz natural que entra en ella, que impregna la gran entrada y su piso superior, proviene de lo que se ha conocido como el jardín de cristal, por su colorido y las múltiples flores que lo cubren y que encontramos nuevamente en la Casa Navàs. Se trata de una gran claraboya repleta de luz y color, fabricada también por el taller de Antoni Rigalt, y que nos muestra un gran entramado de hojas verdes y amarillas y flores rosadas con un cielo azul al fondo.

Como veremos más adelante, hay diferencias dentro de las distintas vidrieras de la casa. Así, mientras que aquellas que encontramos en las ventanas y puertas de las habitaciones de la planta baja presentan aún una técnica premodernista, con aplicación de grisalla y esmaltes para configurar el dibujo del motivo, muy realista, la claraboya ya nos vincula plenamente con el Modernismo.

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Esta gran escalera imperial distribuye las estancias de la casa: las del primer piso, destinadas a la familia, y las de la planta baja, donde el arquitecto localizó aquellas habitaciones de día, las de recibida de visitas y biblioteca.

Las escaleras se encuentran forradas de mármol rojo de Alicante, el mismo que podemos encontrar en el arrimadero, combinándose con el mármol rojo Cehegín. Escudos heráldicos y lámparas de hierro forjado están también presentes en todo el hall.

 

La decoración escultórica también tiene un papel destacable en la que es la zona de recibimiento de la casa y, por tanto, también la más ostentosa. En ella, encontramos alegorías vinculadas a la actividad de su propietario, el mundo editorial, aunque también con la innovación y el progreso.

Dos grandes caballos alados de Eusebi Arnau, muy similares a los que posteriormente incluirá en el Palau de la Música, flanquean el acceso al hall. Pero no son los únicos animales fantásticos del conjunto, ya que en toda la construcción también encontramos dragones, sirenas que sostienen lámparas, leones alados o cigüeñas en madera, todo ello evocando siempre ese pasado medieval tan importante de la Renaixença y el primer modernismo.

 

Por su lado, los pavimentos se componen de mosaicos romanos de Lluís Bru, los cuales funcionan como alfombras con sus correspondientes cenefas alrededor del motivo central. Uno de ellos, precisamente, lleva a la escalera central. Es en éste que hallamos la flor del escarmot (disculpad, no he podido encontrar su traducción al castellano), la misma flor que ya conocimos en el Castell de santa Florentina y en la Casa Roura de Canet de Mar (vuelve a aparecer en la Casa Lleó Morera y en el Castell dels Tres Dragons) y que volvemos a encontrar en los cristales de la mampara que da acceso al hall. Se trata de un símbolo de inexpugnabilidad, ya desde la Edad Media, momento en el cual se colocaba en las grandes catedrales.

 

La sala de música se encuentra en el lado derecho de la escalera. Su techo original ha desaparecido a causa de las distintas remodelaciones acontecidas para convertir la casa en despachos. Del mismo modo, en su centro había un gran arpa de madera, símbolo del pasado glorioso del país, recuperado por la Renaixença, de ahí que también fuese símbolo de los Jocs Florals. Dicho arpa de grandes dimensiones presentaba una estrella de cinco puntas, símbolo del Ave Fénix y, por tanto, también de renacimiento.

 

La sala de fumadores, por su lado, es quizá, a mi parecer, la más entrañable. Se encuentra decorada con las cuatro estaciones, en esta ocasión a partir del trabajo de las cristaleras, también piezas de Antoni Rigalt.

Así, encontramos el otoño con la flor del granado con frutos y dos pájaros que se acercan a un arbusto y, en su correspondiente tímpano, una figura femenina que ofrece los frutos a un niño. En la otra hoja de la misma ventana, se representa el invierno con una hiedra y, en el tímpano, la misma figura de la mujer, en esta ocasión abrigada y recibiendo las ramas que lleva el niño para quemar y dar calor.

En la ventana que se abre a la fachada posterior, se representan la primavera y el verano. En el primer caso, la vidriera presenta un arbusto florecido y golondrinas que se acercan a él y, en el tímpano, la figura femenina delante de un árbol y el niño que juega con una rama donde reposan dos pájaros. En la otra hoja, encontramos un rosal florecido y, en el tímpano, la figura femenina que se protege del sol y el niño que bebe agua.

Son precisamente estos trabajos de vidrio los que debemos distinguir de esa gran claraboya de colores que mencionábamos. Así, mientras que el caso anterior se trataba de un claro ejemplo de estilo modernista, en estos ventanales aún observamos elementos premodernistas, tanto en cuanto a estilo como por el hecho de que el plomo que incluye aún no se utilice para enmarcar el dibujo, sino para realizar la estructura de soporte de los fragmentos del vidrio.

 

Una sala de estar en el lado izquierdo de la escalera da salida a la tribuna-galería del jardín. Su techo se compone de un artesonado con cerámica de reflejo metálico con la representación de un grifo dentro de la forma cuadrilobulada que crea. ¿No os resulta familiar? Se trata del mismo grifo que ya conocimos en la Casa Roura, construida en la misma época. El modelo procede del catálogo Grammar of ornament de Owen Jones.

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En la planta baja también encontramos el gran comedor, al cual se accede tanto desde el salón de fumadores como del de cosedoras. Este comedor también tenía salida al jardín a través de una terraza recubierta de mosaico romano, con barandilla de piedra, desaparecida a causa de las reformas posteriores.

Lo que más destaca, además de sus dimensiones, es el gran artesonado, creado a partir de una cúpula central alargada, en la cual se sostenía la gran lámpara que daba luz a la mesa, y en la que se forman distintas formas geométricas.

 

El escudo de los Montaner, como no podía ser de otro modo, teniendo en cuenta las aspiraciones de ennoblecimiento de la familia, se encuentra presente en las paredes de la estancia, todas ellas recubiertas con una tela de trama gruesa de tonos marrones con flores de lis pintadas en azul y crema con filigranas en la parte superior e inferior. Las puertas incluyen detalles de Gaspar Homar.

 

Una gran pintura de Joan Brull, La tonsura del Rei Wamba, perteneciente a su primera etapa, caracterizada por la representación de hechos históricos y, por tanto, muy distinta a la por la cual se conoce al artista (ejemplos más conocidos de él es Somni, conservada en el MNAC), preside la estancia.

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¡Pasemos al primer piso! Su decoración es más austera, debido a que no era la parte pública de la casa, pero aún así, encontramos decoración escultórica de interés, tanto en puertas (carpintería de Gaspar Homar) como muros (escultura de Eusebi Arnau) y mural. Un ejemplo es el friso perimetral con escenas sobre papel pintado y dorado con motivos florales y vegetales, pero también alegorías de la música, la escultura, la pintura, la agricultura y los inventos de la época, tales como el teléfono o el telégrafo (recordemos que en la fachada de la Casa Lleó Morera se repiten estos motivos), mostrando los anhelos de la familia por estar en la vanguardia y la modernidad del momento.

 

En el exterior, en primer lugar, observamos la reja que proyectó Josep Domènech i Estapà, puesto que fue el primer elemento que se construyó en el Palau Montaner en 1884. Se trata de una verja con barras en forma de abeja rematadas con estrellas de cinco púas, forjadas por Francisco Tiestos, y pilares de piedra de Montjuïc, esculpidos por la casa Banaset i Deulofeu.

La puerta de acceso al jardín, también de Francisco Tiestos (el forjador había empezado a trabajar con el arquitecto en el Castell dels Tres Dragons), sin embargo, fue el último elemento de la casa.

 

El levantamiento de la estructura exterior también fue de Josep Domènech i Estapà, creando una casa de estilo palatino, cuadrada, con subterráneo, planta baja y dos pisos. No obstante, a pesar de que Lluís Domènech i Montaner tuviese que adaptarse a la estructura preexistente, pudo añadir en ella una especie de tribuna, así como un añadido que supuso la creación de nuevas habitaciones. La crestería de la fachada también sería un elemento del arquitecto modernista, así como los motivos ornamentales.

Por su parte, la cerámica vidriada roja que se va repitiendo a lo largo del perímetro es una obra fruto de la colaboración de Lluís Domènech i Montaner con Antoni Maria Gallissà, con el cual también estuvo trabajando en el Castell dels Tres Dragons (recordemos la estrecha relación que había entre los dos arquitectos y de la cual ya hablamos en la entrada a la Casa Roura).

En los talleres del Castell del Tres Dragons había también maestros valencianos de los cuales recuperaría la cerámica de reflejo para la decoración del friso superior, el cual incluye distintas alegorías de la imprenta, es decir,la representación seriada de figuras, con elementos representativos del arte de la impresión, en la cual se nos explica la evolución de la imprenta desde sus inicios. Algunas de estas figuras sostienen libros u hojas en la mano, otras escriben sobre papeles o utilizan la primera prensa mecánica; en otras escenas dibujan una escultura clásica o secan el papel en el proceso de fabricación. Todas ellas se encuentran alternadas por la representación de la hoja del papiro y frases alusivas al arte y el progreso.

La cerámica vidriada en forma de escama que encontramos en la cubierta es la misma que mencionamos en la Casa Roura de Canet de Mar.

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Una gran Ave Fénix, de la misma manera que ocurría en la Editorial Montaner i Simon, se encuentra también en la fachada a modo decorativo, recordándonos a qué se dedica el señor de la casa (recordemos que era el monograma de la Editorial), pero también como símbolo de la Renaixença. Y es que, en cierta manera, la familia Montaner, del mismo modo que lo hicieron el Ave Fénix y Catalunya, también resurgió de las cenizas y volvió a recuperar su papel y poder, perdido tiempo atrás.

Las flores que se ven justo debajo del Ave Fénix las recuperaremos más adelante… ¡así que quedaros con ellas!  😉

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Del mismo modo que ocurría en la Editorial Montaner i Simon y que hemos mencionado que también ocurría en la Casa Thomas, toda la parte inferior incluye ventanas de arco escarzano que permiten hacer llegar la luz natural al subterráneo y, a su vez, incluir decoraciones de hierro forjado. Es en este subsuelo en el cual se localizarían las cocinas, el almacén y los servicios; también había una gran carbonera que proporcionaba agua caliente y calefacción a la casa a través de distintos conductos localizados de manera muy discreta en las diferentes estancias y cuya salida incluye rejas con dibujos calados.

En definitiva, Lluís Domènech i Montaner, encaminándose hacia el Modernismo, nos deja un palacio que busca ese estilo nacional que tanto anhelaba, algo que hace a partir de la época medieval como inspiración y una apariencia de castillo pero, sobre todo, de la recuperación y uso de todos los materiales, artes y artesanías de antaño, capitaneadas por sus grandes colaboradores (Gaspar Homar, Eusebi Arnau, Antoni Rigalt o Francisco Tiestos, principalmente), creando un gran todo en armonía y belleza. Se trata, pues, de una obra de primera etapa aún muy ecléctica, pero que ya encamina el arquitecto hacia lo que desarrollará posteriormente.

Tan grande fue la satisfacción de su tío con este trabajo que, una vez finalizadas las obras, le encargó la ampliación de la Casa Forta de Canet de Mar, lo que se conoció como Castell de Santa Florentina, del cual ya hablamos, como hemos mencionado, en La Bcn Que Me Gusta y cuya entrada podéis recuperar aquí.

 

Casa Thomas

El tercer punto de esta ruta a través de las tres obras de Lluís Domènech i Montaner vinculadas a las artes gráficas y Ramon de Montaner finaliza en una construcción muy similar a la primera que hemos visto, pues no deja de tener una función industrial, pero que añade en ella también la residencial.

¿Sus vínculos con Ramon de Montaner? La Casa Thomas, la empresa que acogía esta construcción, trabajó en distintas ocasiones para la Editorial Montaner i Simon. Además, encontramos vínculos familiares que unen esta tercera familia con la del arquitecto y es que Josep Tomàs i Corrons, uno de los hijos del señor Thomas (la inglesación del nombre era muy habitual para dar imagen de progreso y modernidad), acabó contrayendo matrimonio con Maria Domènech i Roura, hija de Lluís Domènech i Montaner.

Josep Thomas (padre) había trabajado de grabador en una imprenta de la calle de Aribau mientras estudiaba arquitectura. Su interés por las artes gráficas, sin embargo, hizo que, finalmente, crease en 1876 la Sociedad Heliográfica Española, junto con otros prohombres del momento.  De hecho, dicha sociedad sería la primera en introducir imágenes en las publicaciones mediante la heliografía o fototipia, es decir, el grabado de imágenes fotográficas, viajando incluso a París en distintas ocasiones para aprender la técnica. En 1879, no obstante, la sociedad acabó disolviéndose, motivo por el cual poco después Josep Thomas acabó fundando un taller de fotograbado en la Gran Via. Además de a la edición, la impresión y el fotograbado, la Tipografía Thomas se dedicó a la reproducción de láminas de obras de arte de museos, arquitectura, tarjetas y fotografías de todo el país y grabados de gran calidad para revistas y editoriales como Espasa o la mencionada Montaner i Simon, entre otros.

Quince años después, el señor Thomas pidió a Lluís Domènech i Montaner que le proyectase un edificio para trasladar la actividad a un nuevo emplazamiento y, junto a él, la vivienda de la familia. La construcción tuvo lugar en el momento de mayor éxito arquitectónico de Lluís Domènech i Montaner.

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Del mismo modo que el Palau Montaner aunaba el trabajo de dos arquitectos, el de Josep Domènech i Estapà y el Lluís Domènech i Montaner, en la Casa Thomas también observamos una ampliación de la obra de Domènech i Montaner por parte de su yerno, Francesc Guàrdia i Vial, arquitecto también en el Palau de la Música y del Mercat Central de València, por ejemplo. Él se encargaría de realizar la remonta del edificio unos años más tarde a su construcción, sin que apenas se percibiese, es decir, de hacer su ampliación introduciendo 3 pisos entre su base y cabecera, haciendo subir, de este modo, la cabecera del antiguo edificio a la parte superior de la remonta y trabajando sólo en su parte intermedia, la cual sería una réplica de los pisos proyectados por su suegro como muestra de respeto a su trabajo.

Aspecto de la Casa Thomas antes de la remonta

 

Una vez más, mosaicos, hierro forjado, ladrillo… nos convierten lo que debería ser un edificio funcional e industrial en un despliegue de todas las artes. En este caso, como colaboradores, encontramos los nombres de Pau Pujol, los hermanos Viladevall, nuevamente Antoni Rigalt y Lluís Bru y Alfons Juyol.

La entrada se realizaba a partir de una pequeña escalera de honor, un elemento funcional pero también ornamental que incluye, en su barandilla de hierro forjado y ornamentada con el modernista coup de fuet, el monograma de Josep Thomas, custodiado por dos escudos de influencia germánica, muy propios de Lluís Domènech i Montaner. En uno de ellos, encontramos un girasol, mientras que en el otro tiene presencia, una vez más, el Ave Fénix. Los dos elementos se repiten en distintas ocasiones en el interior el edificio con un simbolismo muy marcado, como veremos un poco más adelante en esta misma entrada.

 

Asimismo, la estructura del interior corresponde a la misma que ya hemos visto en la Editorial Montaner i Simon con la presencia de ese patio cubierto o lucernario vertebrador, sostenido por columnas (en este caso forradas de ladrillo). Así, Lluís Domènech i Montaner consigue, una vez más, crear un recinto industrial amplio y diáfano y, sobre todo, con mucha luz natural.

 

Esta luz natural llega incluso al subterráneo gracias al ya comentado recurso de abrir un arco escarzano entre los dos niveles, de manera que la obertura ilumina tanto la planta baja como el sótano, lugar en el cual se ubicaba la fototipia.

 

En la parte posterior, el arquitecto situó la maquinaria de la tipografía y los almacenes de papel, mientras que en la zona delantera se localizaron los despachos y oficinas para recibir a los clientes. En este caso, Lluís Domènech i Montaner diseñó una mampara de madera, trabajada por los hermanos Viladevall, muy parecida a la que también podemos encontrar en la no muy lejana Farmàcia Duran i Espanya, diseño también del arquitecto.

 

En la parte del taller también proyectó grandes armarios que cubriesen las paredes laterales de la gran sala, con el mismo motivo ornamental de los girasoles.

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Por su parte, el suelo del taller consta de un pavimento hidráulico de la casa J. Romeu Escofet. Sin embargo, el pavimento de la que era considerada la zona más noble del conjunto, las mencionadas oficinas en las cuales se atendía también a clientes, se optó por el hidráulico floral de la casa Escofet, Tejera i Cia, concretamente un diseño extraído del catálogo de 1891 (hablamos de él también en La Bcn Que Me Gusta). Se trata de un pavimento de Josep Pascó; uno de los trabajos más singulares y elegantes del dibujante, pues incluye motivos geométricos, pero también dragones y hojas de margallón.

Pavimento de la zona de trabajo

 

Pavimento de la zona de oficinas

 

Como mencionábamos, la presencia de flores y, concretamente, del girasol, es muy recurrente en esta etapa del arquitecto. El girasol, símbolo de la fuerza, la energía o vitalidad, es muy común en los trabajos de Lluís Domènech i Montaner. De hecho, muy cerca, en la calle de Girona 113, encontramos las Casa Lamadrid, cuya decoración escultórica tiene algunos de los mismos motivos ornamentales que la Casa Thomas.

La Casa Lamadrid era propiedad de Vicenç Bofill, un empresario que compró la finca de la calle de Girona 113 con la intención de demolerla y crear, a partir del diseño de Lluís Domènech i Montaner, un bloque de viviendas que se pudiese rentabilizar a partir del alquiler y que se acabó de construir en 1903. Durante las obras, sin embargo, el inmueble fue adquirido por Eduard Santos de Lamadrid, de ahí su actual nombre. El nuevo propietario era un empresario cubano descendiente de catalanes, casado con la catalana Montserrat Salvadó-Prim i de Golferichs.

Las flores (esas mismas flores que hemos visto en el Palau Montaner y en la balconada de la Casa Thomas) son el elemento que más llama la atención en su decoración, pero también podemos observar en ella el dominio de la heráldica, mostrando las aspiraciones de la familia a ennoblecerse. El trabajo escultórico de un gran casco medieval con flores y hojas, por ejemplo, tiene una presencia relevante también en ella.

 

¡Pasemos a la fachada de la Casa Thomas! En primer lugar, observamos la presencia de piedra de Montjuïc, pero también de cerámica esmaltada. Entre los elementos que la decoran, una vez más, encontramos el Ave Fénix, en esta ocasión sosteniendo dos T’s, el acrónimo de la Tipografía Thomas. Cabe tener en cuenta que Josep Thomas era también un gran catalanista que, de hecho, ya conocía Lluís Domènech i Montaner de antes, de las reuniones políticas en las cuales participaban ambos.

Unas piezas cuadradas, pero de convexidad semiesférica, de reflejo metálico completan el paramento. Se trata de unos elementos que también podemos encontrar en la fachada de la iglesia que el arquitecto diseñó en Comillas, aunque en esta ocasión de fabricante distinto a las de Cantabria, puesto que se trata de una producción de Pujol i Bausis, de la cual también hablamos ya hace tiempo en La Bcn Que Me Gusta en motivo de la visita que realizamos a su antigua fábrica en Esplugues de Llobregat.

 

La fachada se remató con esa cabecera que antes mencionábamos que fue elevada unos pisos y que presenta, nuevamente, una interesante influencia medieval con su pináculo repleto de escudos heráldicos de Barcelona y Catalunya. Este pináculo recuerda al que el mismo arquitecto diseñó para la Fuente de los Tres Caños de Comillas. En el caso de la Casa Thomas, sin embargo, observamos que de él sale un cartel de hierro forjado que anuncia el establecimiento comercial que lo acoge, junto a un águila y un dragón. Todos los trabajos de hierro son de los hermanos Flinch.

La construcción se remata con un gran saltamontes, vinculado, según el Cristianismo, con las fuerzas destructivas del mal.

 

La puerta de la derecha del edificio da acceso a la zona familiar. No tuve oportunidad de entrar en su interior, así que las fotografías que os añado son extraídas de Internet.

Para mostrar el estatus de la familia, el mosaico romano, en forma de alfombra, como ocurría en el Palau Montaner, está también presente. Se trata de una obra de Lluís Bru en la cual, como no podía ser de otro modo, el Ave Fénix nos vuelve a aparecer dando la bienvenida al visitante. El vestíbulo, repleto de esculturas de Alfons Juyol, y la escalera tienen también una función de ostentación.

En el interior también tienen presencia unas balconadas con flores muy similares a las que podemos encontrar en la Casa Lamadrid.

Si tenéis curiosidad por conocer más sobre la parte familiar de la Casa Thomas, así como otros detalles de las obras que hemos mencionado en esta entrada, os animo a consultar el libro del CEDIM “Lluís Domènech i Montaner (1849-1923). Obra arquitectónica raonada”, donde, de hecho, he consultado gran parte de las explicaciones de la entrada de hoy.

 

Las puertas de la calle, como todo el trabajo de carpintería de la Casa, son también de los hermanos Viladevall. En el caso de la puerta que da acceso a la zona familiar, encontramos perros encadenados, como protectores de la vivienda, mientras que en las puertas que dan acceso al taller observamos búhos, símbolo de sabiduría, como no podría ser de otro modo en un lugar donde se imprimía conocimiento.

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¿Y la presencia de tantos muebles en las fotografías de la Casa Thomas? Pues porque, en esta ocasión, una vez más, el edificio, esa antigua Tipografía Thomas, ha adquirido una nueva función, escondiendo tras ella toda una historia y el trabajo de uno de los arquitectos modernistas más destacados del Modernismo catalán de una manera fascinante. Así, lo que actualmente se trata de una tienda de muebles y decoración de diseño, Cubiñá, se convierte en uno de esos espacios de Barcelona que nos esconden un ejemplo más de arte. Y, no sólo eso, y es que en su interior, medio escondida, incluso podemos encontrar una segunda sorpresa, la presencia de su chimenea.

Por todo ello, por esta unión entre pasado y presente, entre tradición y modernidad, y por su trato de la arquitectura modernista en un nuevo espacio, el espacio merece también una visita.

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Y así finalizamos otra faceta de las tantas que tiene este arquitecto que, poco a poco, vamos descubriendo; un arquitecto que nos ha dejado grandes obras de culto, pero también otras construcciones que pasan más desapercibidas y que disfrutan a su vez de un gran valor artístico e histórico.

En el caso del triángulo de hoy, pues, hemos podido conocer algunos de sus primeros encargos, pero también cómo de importante fue la figura de su tío, Ramon de Montaner, en su desarrollo como arquitecto.

¡Seguiremos adentrándonos en el fascinante mundo de Lluís Domènech i Montaner!

 

Para más información:

Alcalde, Sergi; Carbonell, Maite; Martí, Gemma; Mas, Xavier; Sàiz, Carles; Salmerón, Pilar; Terreu, Miquel, “Lluís Domènech i Montaner (1849-1923). Obra arquitectónica raonada”, Canet de Mar: Centre d’Estudis Lluís Domènech i Montaner: Edicions Els 2 Pins, 2015-2016

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