Historia y Arte en los hoteles de Barcelona (II): los hoteles y Lluís Domènech i Montaner

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¡Seguimos con nuestro ciclo de Historia y Arte en los hoteles de Barcelona!

Recordemos que el ciclo incluye 5 entradas y que se basa en las conferencias que una servidora ha llevado a cabo en distintas ocasiones sobre el tema. De este modo, la primera, en la cual se hace también un resumen de la historia de este tipo de establecimientos en nuestra ciudad, fue la dedicada a esos hoteles que podemos considerar verdaderos Templos del Arte por las colecciones y exposiciones que acogen en sus interiores.

El ciclo, además, incluye estas otras entradas que, próximamente, iré publicando:

  • Los hoteles de Barcelona como iconos arquitectónicos y artísticos
  • Los hoteles de Barcelona y la Guerra Civil
  • Algunos hoteles ya desaparecidos que marcaron un antes y un después en Barcelona

 

Hoy nos acercamos a los hoteles de nuestra ciudad de un modo distinto al de la pasada entrada: a partir de la figura de uno de esos tres grandes arquitectos del Modernismo, Lluís Domènech i Montaner, alguien de quien en más de una ocasión hemos hablado en La Bcn Que Me Gusta (recordemos la Casa Navàs, el Institut Pere Mata, la Casa Roura, el Castell de Santa Florentina, la Editorial Montaner i Simon, la Casa Thomas y el Palau Montaner), pero nunca desde la faceta que tocaremos hoy, es decir, a partir de esos hoteles que se le confiaron a la hora de ser diseñados.

Hoteles vinculados al Modernismo tenemos bastantes. De hecho, en la primera entrada ya hablamos del Hotel Bagués, en cuyo interior se conserva parte de la colección Masriera, o del Hotel Astoria, con una de las colecciones dedicadas a Ricard Opisso más importantes de la ciudad.

Si pensamos en Modernismo más por su continente que por su contenido, no podemos olvidar tampoco todos aquellos hoteles de salud, es decir, aquellos localizados en Vallvidrera, sobre todo, donde las personas iban a reposar y a disfrutar del aire libre. Un buen ejemplo en este sentido sería el Hotel Buenos Aires, muy recomendado por médicos reputados para disfrutar de buena salud. Sabemos que éste organizaba incluso excursiones por Collserola. Como es habitual, empezó su actividad como fonda en 1886 y la reforma modernista vino unos años después, en 1910, de la mano de Jeroni Granell (mismo diseñador de la cúpula del Palau de la Música, pues era socio de Rigalt i Granell, una de las casas de vidrio más reputadas del momento), incluyendo en su interior los mejores hidráulicos, esgrafiados, vidrieras… ¡y mobiliario! Las sillas, por ejemplo, eran de los hermanos vieneses Thonet.

El edificio primigenio, sin embargo, es obra de Joan Bruguera i Díaz (proyectista especializado en altares y panteones funerarios. Ej. Panteón Buhigas del Cementiri de Montjuïc), del cual nos han quedado las cenefas de su fachada, y su primer propietario Josep Juanet i Camps.

 

Actualmente, el inmueble se encuentra en disputa puesto que, ante la falta de espacios colectivos en el barrio, los vecinos están luchando para convertirlo en un espacio para todos, ante la idea contraria de convertirlo en un hotel de lujo, al ser vendido a una sociedad por parte de sus últimos propietarios, los Pares Paüls, quienes instalaron en su interior la residencia para personas mayores Llar Betània. Os dejo aquí una noticia de El País que habla de ello. Un grupo de jóvenes, evitando su destrucción ante su mala conservación, se instaló también en su interior hace unos años. Esta noticia de El Periódico también nos habla de este hecho. Y es que, a pesar de su valor histórico y arquitectónico, aún no se encuentra catalogado, de ahí el grave problema de conservación que está sufriendo actualmente.

A lo largo de su historia, ha sido también residencia de estudiantes de la Universitat de Barcelona y un refugio para enfermos y refugiados de la Guerra Civil.

Si queréis conocer más sobre el Hotel, Betevé, a través de su programa “Va passar aquí”, le dedicó este reportaje.

En cuanto a hoteles de salud, también encontramos el caso del Hotel Ideal Pavilion. Podéis saber más de él en este vídeo.

 

Más en la línea que trabajaremos en esta entrada, es decir, de la presentación de hoteles diseñados por grandes arquitectos modernistas, encontramos el caso del Hotel Términus y de la Casa Ignacio de Puig, antigua fonda La Sucursal del Universo, ambos de Josep Puig i Cadafalch.

El Hotel Términus se localizaba en la calle de Aragón con Passeig de Gràcia (en parte del actual Banco Pastor) y se construyó en 1903, justo delante del apeadero de Passeig de Gràcia. De hecho, su nombre se relaciona, precisamente, al hecho de que se encontrase delante de la estación de tren, del mismo modo que ocurría con el restaurante Madrid-Barcelona.

 

Contó con los más modernos avances de la época, como ascensores e iluminación eléctrica en todas las habitaciones, y en sus salones se celebraron banquetes de gran importancia, entre cuyos asistentes, hubo, por ejemplo, Alfonso XIII y José Canalejas (1904). Su cafetería se conoció también por sus tertulias intelectuales, a las cuales acostumbraban a ir Josep Pla y la redacción de la revista Destino. Aparte, ya en tiempos más cercanos, en 1953, acogió uno de los primeros snack bars de Barcelona.

El hotel cerró en 1969 y todos esos elementos modernistas de su interior se perdieron con su demolición… ¡pero, aunque con algunos retoques, quedó parte de su fachada, el lateral izquierdo de los tres bloques que componían el edificio, en el inmueble colindante al Banco Pastor, el mismo que en su momento también acogía el restaurante Madrid-Barcelona! ¡Así que alguna cosa nos ha quedado!  🙂

 

La decoración fue a cargo de la Casa Miralles, de Hermenegildo Miralles, un artista de las artes gráficas, director de la revista Hispania, que con el fin de imitar de una manera barata las grandes artesanías decorativas del momento, creó un nuevo sistema basado en baldosas de cartón, con apariencia similar a las de Valencia pero industrializadas, y diseños de Carles Llobet y Joan Busquets. Sus cartones se encuentran presentes también, por ejemplo, en la Casa Vicens.

 

Por lo que respecta a la Casa Ignacio de Puig, ésta fue destinada al servicio hotelero desde 1872. Se trataba de una propiedad de la familia Martí, la misma que encargaría a Josep Puig i Cadafalch la casa que acogería Els Quatre Gats en los terrenos del antiguo Convento de Montsió.

Francesc Martí i Puig heredaría el inmueble, junto a otros bienes de su hermano mayor, quien moriría sin descendencia, en 1894. Sería él, pues, quien pediría a Josep Puig i Cadafalch que le reformase la entrada, que dejaría de ser un portón barroco, y parte del interior. Los esgrafiados (incorporados un año antes en la Casa Coll i Regàs y, en este caso, obra de Joan Paradís, del mismo modo que ocurre en la Casa Macaya), la reconstrucción de la cornisa y la barandilla del terrado serían de este momento, así como la decoración escultórica de su fachada. De esta última, lo que más destacan son los capiteles de la entrada, los cuales representan al señor y la señora Martí, ambos obra de Eusebi Arnau.

Colaboradores habituales como Manuel Ballarín también participaron, en este caso en los trabajos de forja, como las barandillas o el rótulo bandera de la fachada.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX, el inmueble pasaría a acoger el Gran Hotel Restaurant Europa, lo que conllevó la pérdida de parte de la obra del arquitecto modernista. Así, actualmente no conservamos ni el vestíbulo ni el recibidor o pavimentos.

Dicho hotel, siguiendo esta tradición italiana dentro de los establecimientos hoteleros de nuestra ciudad que ya mencionamos en la pasada entrada, fue fundado por Ercoli Cacciami, nativo de la Lombardía, que entró como botones en la Fonda Oriente a mediados del siglo XIX y que en 1892 decidió ser propietario de su propio establecimiento. Fundaciones suyas también fueron el Gran Hotel Inglaterra (pasaría a llamarse Hotel Bristol hasta que Telefónica lo derruyese y crease el actual edificio que tenemos en el Portal del Ángel) de 1914 y el Majestic Hotel Inglaterra (actual Hotel Majestic, del cual hablamos también en la entrada anterior) de 1917. Con el dinero conseguido en los negocios hoteleros, finalmente, podría pasar su jubilación nuevamente en Italia con su esposa, con quien se retiraría en 1921 en un pueblecito del Piemonte, en Grignasco.

En 1962 entraría un nuevo propietario que, tras una etapa de decadencia, convertiría el antiguo hotel en la Pensión Dalí.

Uno de sus elementos más destacados, sin embargo, es su jardín oculto, el cual se engloba dentro de un pequeño reducto de jardines elevados de inspiración renacentista construidos durante los siglos XVII y XVIII, que aún afortunadamente se conserva en parte y entre los cuales encontramos también el del Ateneu Barcelonès o el del Antic Teatre. Hasta el derribo de las murallas, Barcelona vivía realmente ahogada en el interior de la ciudad. Es por ello que muchas de las grandes casas incluían jardines elevados o terraplenes que les ayudaban a oxigenarse, a la par que eran un elemento más de ostentación. Acostumbraban a estar en la parte posterior de la casa y en la primera planta.

El jardín de la Casa Ignacio de Puig, pues, sigue este modelo de jardines (aunque parte de él se perdió en una reforma de 1883), de ahí que incluya una loggia, una gruta y distintos espacios con agua, testimoniando la existencia de la casa mucho antes de la reforma de Josep Puig i Cadafalch. De hecho, sabemos que sus orígenes son medievales, al menos de la parcela, y que el edificio como tal dataría de época barroca, momento en el cual se encontraba en manos de Francesc Elias, quien la documentación nos indica que unió dos antiguas casas en un sola entre 1734 y 1739.

En 1863 moriría el último miembro de la familia Elias en la casa, Joan Elias. Es en este momento que Antoni Rovira i Rabassa (hijo de Antoni Rovira i Trias) llevaría a cabo una importante reforma encargada por la nueva familia en vivir en ella, por Pere Martí Palmerola y Pere Martí i Puig (padre e hijo), quienes lo convertirían en la mencionada fonda El Universo, aunque se reservaron un piso de la tercera planta como vivienda propia. La fonda, sin embargo, no la gestionaron ellos, sino que estaba arrendada a Josep Serra y Joan Bombardó. Desde entonces, la finca ha mantenido siempre su función de fonda, hostal y hotel.

Podéis saber más sobre estos jardines elevados en las tres entradas del blog Bereshit (I, II y III).

Actualmente, el jardín es público, a pesar de encontrarse dentro de una propiedad privada que continúa con su función original, el Hotel Petit Palace Opera Garden.

Estoy pendiente de poder añadir algunas fotografías de la Casa Ignacio de Puig y su jardín oculto, dado que debido al confinamiento forzado que estamos viviendo, me ha sido imposible ir en busca de material fotográfico que complemente esta parte de la entrada.

 

Los hoteles y Lluís Domènech i Montaner

Hecha esta primera introducción, ya podemos proseguir con el tema principal de esta entrada, aquellos hoteles vinculados a Lluís Domènech i Montaner. Hablaremos de cuatro de ellos, aunque cabe tener en cuenta de que sólo dos se crearon expresamente con este objetivo, para ser establecimientos hoteleros, mientras que los otros dos tuvieron una función residencial y, finalmente, ya en la actualidad, se reinterpretaron en forma de hotel.

El primero que me gustaría presentaros no se encuentra en Barcelona pero, dado que está muy cerca de dos obras de Lluís Domènech i Montaner de las cuales sí hemos hablado en La Bcn Que Me Gusta, la Casa Navàs y el Institut Pere Mata de Reus, no lo quería obviar en esta entrada. Se trata del Hotel Mas Passamaner, localizado en la Selva del Camp; una torre erigida en 1922 por Joan Boqué i Reverter, presidente de la Cambra de Comerç de Reus y fabricante de “passamaneria”, de ahí el nombre del hotel, el cual al fin y al cabo ha recogido simplemente el modo en el cual se conocía popularmente la casa. Con el fin de demostrar su posición social, como era habitual entre la burguesía del momento, el señor Boqué decidió contactar con Lluís Domènech i Montaner para crear su residencia, la cual sería una de las últimas obras del arquitecto (tenía 72 años). Es por ello que su hijo, Pere Domènech i Roura, como es habitual en tantas otras edificaciones del final de su trayectoria, lo ayudó en la construcción.

La madre era Cristina Reverter i Prats, heredera de una mercería de Reus, mientras que su abuelo, Ramon Boqué, era natural de la Selva del Camp y cordonero o “passamaner”. Sería precisamente por parte del abuelo que Joan Boqué heredaría la casa. A pesar de toda la tradición familiar vinculada al textil, abriría nuevos negocios, tales como distintas empresas exportadoras de vinos y frutos secos o molinos de aceite y harina. Así, a pesar de que en realidad Joan Boqué sería conocido y enriquecido por sus otros negocios, la casa siempre continuaría manteniendo el nombre del negocio familiar.

Joan Boqué moriría soltero, así que sería su hermana Antònia quien heredaría la casa en 1946. Dado que su hijo era sacerdote, decidió vendérsela, cambiando su propiedad a una familia distinta. Posteriormente, pasaría por distintas manos hasta que, en 2001, el arquitecto Ángel García lo adquirió y reconvirtió, tras una profunda reforma, en hotel, un establecimiento que seguiría la misma línea que otro hotel, también de su propiedad y de características similares, localizado en Palencia, la Casa del Abad.

Fuente: Hotel Mas Passamaner

 

Lluís Domènech i Montaner se encargó de crear una nueva torre adosada a una pequeña masía ya existente con anterioridad y que quedaría completamente integrada en la nueva construcción por la parte exterior. En realidad, se trata de algo que ya hemos visto en La Bcn Que Me Gusta, puesto que en el Castell de Santa Florentina de Canet de Mar, el arquitecto llevó a cabo una actuación similar.

De este modo, Lluís Domènech i Montaner crea una vivienda de apariencia no simétrica y de grandes dimensiones, con sus tres plantas y torre, que nos recuerda a tantas otras construcciones señoriales de la arquitectura rural catalana. Destaca un mirador localizado en la planta noble, así como la decoración con baldosas de la fachada y los esgrafiados, tan propios del Modernismo, como también hemos visto en el caso de la Casa de Ignacio de Puig. Las barandillas de hierro forjado son también remarcables, pero lo que más nos llama la atención es su color, ese azul de las maderas y esgrafiados que se convierte casi en un elemento identitario de la casa.

No he tenido aún oportunidad de estar en Mas Passamaner, de ahí que las fotografías que os añado provengan todas de la página web de este hotel de lujo.

Fuente: Hotel Mas Passamaner

 

El segundo hotel de Lluís Domènech i Montaner presenta unas dimensiones mucho más grandes que el anterior, pues tenía que acoger en su interior los visitantes de un gran evento, la Exposición Universal de 1888. Es un ejemplo que sí tenemos en Barcelona aunque, lamentablemente, dado su carácter efímero, no conservamos. Se trata del Hotel Internacional, uno de los primeros, junto al Hotel Gran Colón, del cual hablaremos en la última entrada de este ciclo, que aplicó el modelo de gestión hotelero europeo, es decir, aquel que se alejaba del concepto de Fonda, el cual conocimos en la entrada anterior de este ciclo, y se acercaba al de Hotel, a lo que entendemos actualmente por un establecimiento de tales características. Esto pasaba por la aplicación de los principios del hostalero suizo César Ritz, que concebía los establecimientos hoteleros como un lugar distinto a la fonda o posada, es decir, como un lugar acogedor y con todo tipo de comodidades y lujos satisfechos, así como cafés y restaurantes en su interior.

Fotografía en la cual, además del hotel, observamos el monumento dedicado a Antonio López, en su momento localizado en el paseo, a unos metros de su localización actual

 

El Hotel Internacional, pues, se engloba en esos nuevos parámetros de sociedad, una sociedad que ya mira hacia el ocio. Es por ello que se convierte en un establecimiento que nada tiene que ver con las fondas para viajeros, a pesar de que su función fuese la de acoger los visitantes de la Exposición (del 8 de abril al 9 de diciembre, acogió unas 500.000 personas con su capacidad para 2000 huéspedes en sus 600 habitaciones y 30 apartamentos para familias numerosas).

Ubicado en el actual Passeig de Colom, en ese momento eje central de la Exposición, se trataba, como hemos mencionado, de un edificio efímero, de ahí que sus 5000m2 se construyesen en un tiempo récord, en sólo 53 días. Trabajando tanto de día como de noche (incluso se instalaron 18 focos de gas para poder trabajar en la oscuridad), se consiguió crear un edificio vertebrado a partir de un gran pasillo en distintos niveles que distribuía las diferentes estancias.

 

Los terrenos eran de Port de Barcelona, lo que suponía que no fuese viable su establecimiento permanente. Además, el edificio no tenía cimientos, se encontraba simplemente asentado sobre una estructura metálica, creada con vías de tren alquiladas, aparte de que los materiales no eran de gran calidad puesto que el objetivo no era que perdurasen.

No obstante, dado el gran éxito que tuvo, hubo un importante movimiento que pretendía su conservación y que involucró incluso al Ministerio correspondiente. Fue también altamente aclamado por la prensa tanto de Barcelona como de fuera.

Chiste gráfico publicado en L’Esquella de la Torratxa relacionado con su carácter efímero

 

El hotel tenía una amplia oferta gastronómica con sus 4 restaurantes, entre los cuales uno gozaba de las recetas de Mr. Laffitte, gran chef europeo del momento, así como todo lujo de comodidades y detalles. La decoración corrió también a cargo de grandes artistas, entre los cuales encontramos Alexandre de Riquer o Dionís Baixeras.

 

¿Sus precios?

Precio de la habitación: 5ptas / día

Precio del desayuno: 3ptas / día

Precio de las comidas: 5ptas / día

 

Otra construcción que cabe incorporar en esta entrada, a pesar de que inicialmente no fuese un hotel sino una residencia particular, es el Hotel Casa Fuster. Se trata del inmueble que el señor Fuster regaló a Consol Fabra i Puig, un encargo realizado a Lluís Domènech i Montaner en unos terrenos localizados al final del Passeig de Gràcia, en la confluencia con Gran de Gràcia.

Consol Fabra i Puig era hija del primer marqués de Alella, Camil Fabra, un industrial que, además de ser alcalde, incluso, llegó a realizar importantes labores de mecenazgo, como sería la creación del actual Observatori Fabra, como cuyo nombre nos corrobora. La familia también fue fundadora de la Fabra i Coats de Sant Andreu.

El marido, por su parte, era Marià Fuster i Fuster, también procedente de una poderosa familia mallorquina y político. En su caso, fue regidor y teniente de alcalde del distrito de Santa Caterina del Ajuntament de Barcelona. Sabemos también que participó en la organización de la Exposición Universal de 1888, siendo una figura clave para el alcalde Francesc Rius i Taulet, y en la elaboración de vinos espumosos en Anís del Mono. Además, fundó también una importante empresa de ascensores, Fuster-Fabra. Pero no sólo era un hombre de negocios, sino también un aficionado a la Pintura, mundo en el cual llegó a escribir un tratado en 1893 y a crear el Centre d’Aquarel.listes, misma asociación que llegaría a convertirse en el Cercle Artístic de Barcelona. Dentro de esta afición, también llevaría a cabo alguna actividad de raíz solidaria, como sería el cartel que elaboró para un acto benéfico para el Hospital de Nens de Barcelona el 1906 o la organización de una tómbola para las familias de las víctimas de los temporales de 1911. Participaría también con sus dibujos en la Ilustració Catalana.

 

El matrimonio vivía en la Rambla de Canaletes, pero en 1905 compró los terrenos en Gràcia ocupados anteriormente por la fábrica de chocolates Juncosa, la cual hicieron derribar y, en su lugar, construir una casa con subterráneo, planta baja, principal, cuatro pisos y sala de teatro. El encargado de diseñar la nueva residencia sería Lluís Domènech i Montaner, arquitecto de renombre que ya se había encargado de la Casa Lleó Morera, la cual disfrutó de gran admiración. De hecho, la Casa Fuster sería su última obra en Barcelona.

La industria de Oleguer Juncosa Arús, perteneciente a una importante familia de importadores de cacao, se instaló hacia 1835 en la calle de Ferran, una de las más lujosas del momento, lugar en el cual también había un obrador y se fabricaba chocolate a la piedra con una noria tirada por un burro. En 1880, sin embargo, decidieron ampliar la empresa y, sobre todo, hacerla más adecuada a las nuevas tecnologías. Es por ello que decidieron construir una fábrica de vapor en Gràcia, la cual empezó a trabajar bajo el nombre de Chocolates Juncosa.

Al morir Oleguer Juncosa, dejó el inmueble a sus dos hijos y nietos. Diez años más tarde, uno de ellos, Pere Juncosa, adquirió la totalidad de la propiedad al resto de herederos y en 1905 la vendió a Consol Fabra, quien la haría demoler, como hemos indicado.

 

El arquitecto modernista diseñó un edificio con fachadas al Passeig de Gracia, Gran de Gràcia y a la calle de Jesús. En ella, en primer lugar, aplicó un recurso muy domenequiano del cual ya hemos hablado en más de una ocasión en La Bcn Que Me Gusta: la solemnización de la esquina, la incorporación de ese gran cuerpo cilíndrico que sirve de unión entre las dos fachadas principales con el fin de suavizar la esquina y crear una transición.

 

En este caso, además de esa gran torreta, observamos en la parte inferior una robusta columna, en cuyo capitel distintos nidos de golondrinas, así como una corona de hojas de palma, añaden un componente simbólico al edificio, vinculándolo a su propietario. El señor Fuster era abogado y, del mismo modo que ya Lluís Domènech i Montaner había hecho para el buzón del Colegio de Abogados en la antigua Casa de l’Ardiaca, con este capitel aludía a la rapidez con la cual los juristas y ciudadanos demandaban a la justicia.

La golondrina es también el ave que anuncia la primavera, el renacer, presagia la paz, la felicidad y el amor, siendo además una protectora de las viviendas y las fortunas.

La señora Consol Fabra també se ve reflejada en el edificio en distintos momentos a partir de la creación de un tondo con sus iniciales, CF.

 

El resto de capiteles, sin embargo, acaba convirtiéndose en simples esbozos, a diferencia de los típicos coronamientos domenequianos, profusamente decorados con motivos florales, que encontramos en tantas otras obras suyas.

 

Dentro de esta solemnización de la esquina, cabe también mencionar cómo el proyecto inicial contemplaba la construcción de un gran pináculo coronando la torre, del mismo modo que también lo hacen la Casa Navàs, la Casa Lleó Morera, el Palau de la Música o el Hospital de Sant Pau. Sin embargo, éste no se acabó construyendo por el coste elevado que suponía, a pesar de reclamar al Ajuntament la bajada de los correspondientes impuestos:

La torre no se ha construido debido a la considerable parte del tributo liquidado (…). Ojalá el Ayuntamiento de Barcelona baje los impuestos como se inicia a hacer en las grandes capitales de Europa. Allí, no sólo se dan toda clase de facilidades a las construcciones de edificios que por su carácter artístico o monumental hermoseen la ciudad, sino que cuando se proyectan edificaciones de la importancia de la de que se trata, se exime al propietario de todo impuesto o arbitrio municipal y además se le otorga una subvención que venga a compensar el sacrificio que se impone el particular, en aras del ornato público.

Este escrito también nos muestra algo muy interesante que, en cierta manera, es uno de los elementos que caracterizan el Modernismo y su espíritu de renovación de la ciudad, es decir, que en este texto observamos también cómo sus promotores tenían muy claro que su residencia embellecía la ciudad y que, más que una simple construcción, era algo artístico, un valor añadido para la Barcelona del momento.

 

A pesar de que finalmente no se implantase ese gran coronamiento de la torre, sí que se incorporaron en las tres fachadas unos pequeños pináculos de estilo gotizante, así como esas tres ventanas, trilobuladas y rematadas por un detalle floral, concebidas en el proyecto inicial como tres glorietas sobresalientes del terrado.

 

Contrariamente a la gran esquina, la que se encuentra entre Gran de Gràcia y la calle de Jesús es más austera, aunque no completamente angular como podríamos suponer, sino redondeada. Destaca por su arcada partida por dos columnas y el balcón en el piso principal (aquí es donde se situaba el dormitorio del matrimonio, detrás del cual se dispuso el baño seguido del tocador), sujetado por parejas de columnas, del mismo modo que también sucede con el resto de los balcones de la planta noble.

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La fachada de la calle de Jesús, dado que no se encuentra en ninguna calle destacable, es más austera que la principal. Así, a pesar de seguir el mismo estilo, tiene más ventanas que balcones, puesto que no se trata de una fachada de representación como las que dan a los actuales Jardinets de Gràcia, por ejemplo. Esto nos lleva a hablar de otro elemento destacado de la Casa Fuster, la gran luminosidad natural que consigue a partir de sus aperturas, diferenciadas, nuevamente, en función del piso y de la fachada. El tamaño de las ventanas y balcones, pues, sigue un orden jerárquico, observando las ventanas más pequeñas en la parte superior y los grandes balcones en las fachadas principales de la planta noble.

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Fachada posterior

 

Las estancias de día, salones, espacios de recibida y tertulia, sala familiar, comedor y cocina se situaban en las fachadas principales del Passeig de Gràcia y de la calle Major, de manera que recibían la luz directa de los grandes ventanales de las galerías. En el perímetro interior de estas salas se dispusieron las columnas alineadas con las parejas de columnas del exterior, antes mencionadas.

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Fachada principal

 

Asimismo, a lo largo de la fachada de la calle de Jesús se distribuyeron seis dormitorios con tres salas y baños compartidos con las dos habitaciones, todas con ventanas a la calle. En la parte posterior de la planta, la zona con menos luz, estaría dedicada al servicio, con dormitorios, ropero, sala de planchar, cocina, comedor y baños.

De este modo, observamos cómo las estancias y sus distintas funciones están repartidas según las entradas de luz. No obstante, Lluís Domènech i Montaner consiguió que toda la planta acabase recibiendo luz del exterior gracias a los dos patios interiores, a través de los cuales se iluminaban los pasillos y las habitaciones interiores.

 

En su apariencia de castillo medieval europeo, tiene también una relevancia muy interesante la utilización de distintas piedras para conseguir un escenográfico juego cromático y visual, algo que también se repite en el interior de la casa, aún quizá con mayor fuerza, puesto que incluso aplica el pan de oro, las vidrieras y diversos mármoles. Así, la piedra blanca se combina con el granito gris y el rosado, haciendo destacar los distintos elementos decorativos de las tres fachadas.

 

Por otro lado, con el fin de conseguir una mejor habitabilidad, observamos también cómo todo estaba pensado en la Casa Fuster. Por ejemplo, en la planta baja observamos también una zona habilitada para el paso de los carruajes, los cuales entraban por el Passeig de Gràcia y salían por la calle de Jesús. Aparte, había también dos entradas distintas: la escalera de honor llevaba a la planta noble, a la del señor Fuster y la señora Fabra, mientras que unas segunda y tercera escaleras de vecinos con ascensor llevaban al resto de plantas. Las escaleras de vecinos también permitían bajar a los subterráneos.

La cabina del portero es también uno de los elementos del interior más destacables.

 

Su interior se caracteriza por tener espacios amplios y diáfanos, sobre todo en el subterráneo y la planta baja, donde había diferentes locales para alquilar y por cuyos interiores pasaron distintos negocios, siendo el más popular de ellos el Café Vienés. El Café Vienés, ya desde su inauguración, fue un punto de referencia en la ciudad. Su primer inquilino fue un señor alemán que decoró el local con mesas con pies de hierro forjado, mármol y sillas vienesas.

Otras empresas fueron Muebles Vidal, una sucursal de la droguería Dalmau Oliveras (donde trabajó como dependiente Joan Miró), la Horchatería Valenciana, la Cervecería Glöbel, la Peletería Campanelli y una concurrida peluquería para señores amantes de la tertulia que frecuentemente aprovechaban la estancia en el Café para cortarse el pelo o hacerse la manicura, dado que ésta comunicaba con el local.

El subterráneo era (aún ahora es) una gran sala hipóstila. Es aquí donde se ubicó un conocido salón de baile, el Danubio Azul, que funcionó hasta los años 50 y donde tocaba habitualmente la orquesta Florida. Inicialmente, sin embargo, tendría que haberse ubicado un teatro que, finalmente, no se llegó a construir.

En el subterráneo se colocaron también la maquinaria de los ascensores Fuster-Fabra, la calefacción y otros servicios, a excepción de los lavaderos, que se ubicaban en el terrado.

 

Con la muerte de Consol Fabra en 1922, la Casa Fuster pasó a sus cuatro hijos, con el usufructo para su marido. Sin embargo, finalmente éstos decidieron venderlo, pasando el edificio a la familia Ybern-Cànovas, de la cual cuatro de sus seis hijos vivirían en distintos pisos conforme se iban casando. El Consulado de Alemania también se instalaría en este momento, así como un notario, padre del poeta Salvador Espriu, y la viuda del banquero Garriga Nogués.

Con la Guerra Civil, el tercer piso fue ocupado por Socors Republicà y, ya en el 1939, por Auxilio Social, dependiente de la Falange Española. Poco después, los pisos serían devueltos y usados nuevamente como vivienda.

 

En 1960 Joan Vallès, marido de una de las nietas de Jaume Ybern, como fundador y consejero de la Empresa Hidroelèctrica del Ribagorçana (ENHER), hizo de mediador y facilitó la venta del inmueble a dicha empresa. Así, conforme los inquilinos fueron marchando, ENHER fue adecuando el inmueble a sus necesidades, instalando paredes y falsos techos en su interior que, poco a poco, iban ocultando la decoración original de la Casa Fuster. En el edificio anexo, que había ocupado hasta ese momento el Salón Comedia, el primer cinematógrafo de Gràcia, ubicó su centro de control. Tal fue la situación de la antigua Casa Fuster en esos tiempos que Josep Pla y Néstor Luján, a través de la revista Destino, batallaron mucho para evitar que se perdiese su interior. Finalmente, en 1978, ENHER llegó a un acuerdo con el Servei del Patrimoni Artístic Municipal para iniciar una rehabilitación integral del edificio, gracias a la cual en 1994 se pudo volver a abrir al público, como sala de exposiciones, el Café Vienés.

A lo largo de los años, la Casa Fuster se fue deteriorando pero, por suerte, en el 2000, Hoteles Center-Grupo Noga adquirió el edificio y llevó a cabo en su interior una importante restauración. Así, el Café Vienés también volvió a recuperar su antiguo esplendor como punto de encuentro de huéspedes, intelectuales y amantes del Jazz, entre ellos un Woody Allen que no se pierde nunca sus sesiones, e incluso toca, cuando visita Barcelona.

 

Finalmente, encontramos un último inmueble que, del mismo modo que el mencionado Hotel Internacional, sí fue concebido por Lluís Domènech i Montaner como hotel desde sus inicios. De hecho, además de ser el segundo hotel en uso más antiguo de Barcelona, se trata del primero en cuyos permisos ya consta la intención de construir un establecimiento con función de albergaje, en este caso una fonda.

Se trata, además, del primer hotel de la cadena HUSA, aunque actualmente sea propiedad del Sr. Cadarso, propietario también del Hotel Condes de Barcelona.

 

Actualmente, goza de sus 4 estrellas como categoría e, inicialmente, en 1857, también se concibió como un hotel de lujo. No obstante, durante mucho tiempo se caracterizó por ser un hotel de estudiantes, un alojamiento decadente, de tan sólo una estrella, que, incluso, perdió parte de su decoración modernista, un tipo de decoración muy similar a la de la Casa Fuster. Gracias a fotografías facilitadas por el Centre Excursionista de Catalunya, parte de las pérdidas se pudieron recuperar.

En dicha reforma, además, se añadieron elementos más modernos que, estando en sintonía con el entorno, daban un aire más actual a la decoración. Un ejemplo serían las lámparas simulando burbujas del mar, cuyo significado tomará más relevancia en unas líneas más adelante.

 

A pesar de ser inaugurado a mediados del siglo XIX, en 1902 se llevó a cabo una importante reforma por parte de Lluís Domènech i Montaner que no sólo adecuó ese antiguo establecimiento a las nuevas modas estéticas, sino que también le añadió luz eléctrica y ascensores. Es precisamente por la envergadura de dicha reforma que podemos hablar de la Fonda España como de un hotel de Lluís Domènech i Montaner. Además, en ese momento también, se adaptó la antigua fonda a la moda francesa, cambiándole incluso el nombre por uno completamente afrancesado, Grand Hotel d’Espagne.

La nueva decoración incluyó también mensajes positivos de Buenos días y Buenas noches, acompañados de un pavo real con la cola abierta o cerrada en función del momento del día, y deseos de una feliz estancia en su recepción…

 

… pero también elementos más complejos que le merecieron el premio a la mejor construcción artística del momento, concurso que se llevaba a cabo anualmente, como nos lo testimonia un cartel con un marco diseñado por Pere Falqués.

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Sin olvidar en ningún momento las artesanías y ese concepto wagneriano de arte total tan importante en el Modernismo y, en especial, en Lluís Domènech y Montaner, la nueva decoración entremezcla los motivos japonistas con aquellos propios de la tradición hispánica y medievalista creando una perfecta síntesis entre ambos. Así, por ejemplo, por un lado, podemos encontrar algo muy propio de Lluís Domènech i Montaner, el uso de la heráldica, colocando los escudos de los distintos reinos de España en sus arrimaderos.

 

 

Pero vayamos a pasos para desglosar lo que estamos diciendo… Uno de los salones más destacados del hotel es la llamada Pecera o Salón de las Sirenas. Se trata de un espacio muy particular donde, no sólo podemos encontrar esas sirenas que dan nombre al salón, una de las pocas obras murales de Ramon Casas, sino también esta unión entre japonismo y tradición que comentábamos, no sólo a partir de la falta de perspectiva o el uso de colores planos, sino también los motivos decorativos como tal.

La segunda obra mural de Ramon Casas se encuentra en la joyería Rabat, en lo que fue en su momento la planta noble de la residencia de su hermana. Recordemos que él vivía en el antiguo Vinçon, actual Massimo Dutti de Passeig de Gràcia.

Casa Codina y Casa de Ramon Casas, ambas son obras de Antoni Rovira i Rabassa

 

¿Por qué una pecera? Por los motivos marinos que ornamentan todo el salón, adentrándonos en un mundo repleto de magia. Todos los peces corresponden a especies marinas de los mares cercanos a Japón, que se encuentran perfectamente identificadas y catalogadas.

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¿Cómo Lluís Domènech i Montaner accedió a esta información? Pues muy sencillo, a partir de la colección de 26 volúmenes, comprados a lo largo de su vida y en parte gracias a su amistad con Josep Vilaseca, conservados actualmente en el Arxiu Històric del COAC. Se trata de una colección de libros muy particulares puesto que, por un lado, algunos nos vinculan con importantes repertorios decorativos como L’Ornament Polychrome (1869) de Albert Racinet o A Grammar of Japanese Ornament and Design de Thomas W. Cutler, mientras que otros son libros procedentes de Japón que incluyen todas estas especies animales que mencionábamos.

De alguno de estos libros hablamos ya en La Bcn Que Me Gusta al mencionar la ornamentación animalística presente en la Casa Roura y repetida en el Palau Montaner.

 

Estas especies animales se localizan también en los casetones del techo, es decir, en ese elemento tan propio de las cubiertas medievales, uniendo un elemento decorativo japonés con otra de raíz hispánica.

 

La flor del arrayán presente en la recepción, por ejemplo, recuerda la flor del ciruelo de manera esquematizada…

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¡Incluso este japonismo lo encontramos en la reinterpretación de la ola de Hokusai, en este caso duplicada!

 

Por lo que respecta a las sirenas que también dan nombre al gran salón, éstas nos vinculan, más que a la figura de la femme fatale, capaz de matarte con su gélido beso, muy de moda en el momento, al cuento de Christian Andersen. Observamos cuatro sirenas, una de las cuales está separada de sus hermanas, preparada para salir a la superficie. Sabemos que acabará muriendo. Así pues, esta interpretación toma aún más sentido si tenemos en cuenta la presencia constante de libélulas en el salón, un insecto también vinculado al mundo acuático. Y es que las libélulas sólo vuelan durante una parte muy pequeña del total de su vida, pues pasan más tiempo bajo el agua, creciendo y metamorfoseándose, que volando, etapa que ya pertenece a su madurez. Es decir, que igual que la Sirenita de Andersen, las libélulas, cuando dominan el aire, cuando salen a la superficie, mueren.

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Los arrimaderos de la Sala de las Sirenas también nos muestran esta heráldica que comentábamos.

 

Otro espacio que cabe señalar es la llamada Sala de las Tertulias (aunque también de lectura o de descanso). La sala destaca por su majestuosa e imponente chimenea de alabastro, obra de Eusebi Arnau, gran colaborador de Lluís Domènech i Montaner, y llena también de esculturación y de una importante carga simbólica. En primer lugar, en ella encontramos nuevamente estos vínculos con la tradición hispánica a partir del gran escudo con el águila bicéfala de la parte superior de la chimenea. Se trata del escudo de Carlos V de Austria, algo que algún teórico ha vinculado también al fuerte catalanismo del arquitecto, puesto que recordemos que los Austrias fueron los reyes desbancados por los Borbones.

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Por otro lado, se trata de una alegoría a la familia y al paso de la vida (nos recuerda a las esculturas de Eusebi Arnau en la Casa Garriga Nogués), donde los elementos de la parte superior se repiten en la parte inferior. Una madre amamanta a su hijo, mientras que en el lado opuesto un anciano se dirige hacia un supuesto fuego (supuesto porque nunca llegó a funcionar como chimenea ya que no tenía salida de humos, era puramente decorativa) para calentarse las manos. Entre ambos, cuatro niños juegan alegremente.

Esta escena se repite en los gatitos de la parte inferior, donde observamos la gata con sus crías y, en el lado opuesto, un gato macho adulto. Los gatos, por su parte, son también elementos de protección. Así, mientras que el perro representa la protección física, los gatos se relacionan con la protección etérea, aquella dirigida contra las malas energías.

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El espacio también incluye todo un conjunto de columnas, obra de Alfons Juyol, también presentes en la Casa Lleó Morera y en la mencionada Casa Fuster, que del mismo modo que en el caso anterior de esta misma entrada, juegan con los efectos cromáticos a partir de sus materiales. En este caso, el escultor juega con la Pedra de Monjuïc y el jaspe de Tortosa, creando una interesante bicromía.

 

Esta sala sería la que cerraría un conjunto que, aparte de vincularse plenamente con la estética modernista, va mucho más allá… y es que la Fonda España, a partir de la decoración de sus cinco espacios, también se relaciona con los cinco elementos clásicos de la física aristotélica, aportando una nueva interpretación al conjunto. Así, el aire lo encontramos en el vestíbulo, el fuego en la sala de lectura, el agua en la Sala de las Sirenas, la tierra en el restaurante (un verdadero jardín cerámico con sus arrimaderos llenos de flores) y el éter en la sala de espera (un espacio lleno de luz).

 

Finalmente, sólo mencionar un detalle que nos vincula con el papel de la Fonda España durante la Guerra Civil. Se trata de una de sus columnas, en la cual son presentes aún, siguiendo criterios de memoria histórica, los rastros de metralla.

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Y con este último ejemplo, lleno de luz, color y naturaleza, finalizamos esta segunda entrada de un ciclo que, poco a poco, nos muestra una visión de los hoteles de nuestra ciudad distinta a la que quizá podríamos tener.

Próximamente… ¡más!  😉

 

Para más información:

Serraclara, Maria Teresa, “Casa Fuster culmina el Eixample”, Barcelona: Ajuntament de Barcelona, 2008

Alcalde, Sergi; Carbonell, Maite; Martí, Gemma; Mas, Xavier; Sàiz, Carles; Salmerón, Pilar; Terreu, Miquel, “Lluís Domènech i Montaner (1849-1923). Obra arquitectónica raonada”, Canet de Mar: Centre d’Estudis Lluís Domènech i Montaner: Edicions Els 2 Pins, 2015-2016

8 comments

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